CARLO PAOLO MONTINI FOSATI

Era temprano en la tarde de Triemly, un suburbio de Zurich, en pleno verano, las flores
azules, ordenadas y sin olor; el día exhibía todos sus encantos, entre ellos, el de una
mujer muy hermosa, mayor que él y simpática. Un movimiento de su rostro dejó ver
un cuello esplendoroso y limpio, el pelo castaño claro, casi rubio, una sonrisa alargada
y una mirada coqueta. Se supo el objeto de su atención, se imaginó el usufructuario
de esos encantos y concluyó que todo sería mas fácil.

Almorzaron juntos. Ahora deberían regresar al hospital vecino. El no podía haber sido
mas solícito y encantador. No sería su primera vez con una mujer mayor que el. Ya
antes había seducido a una profesora de McGill. Pero suizas, alumnas o profesoras, no
había conocido ninguna. Remontaron juntos las calzadas y paseos rodeados de flores,
ascendieron hasta el edificio que armonizaba bloques de hormigón, vidrios y colores
suaves. Ya dentro caminaron hacia un pequeño dispensario donde ahora, tanto como
en la ocasión anterior dos horas antes, ella insistía en hacer sobre su brazo izquierdo
un leve raspado sobre el cual depositaría unas gotas. Era, insistía ella, un requisito
absolutamente indispensable antes de emitir a su nombre el correspondiente
certificado de vacunación.

En vano mostró el las huellas y cicatrices de vacunaciones anteriores fácilmente
reconocibles. Inútiles fueron sus mejores esfuerzos, el despliegue de encantos y
destrezas, el derroche de argumentos, los ejercicios de lógica que pretendía y acaso
era pura ciencia, pero no dejaba de ser eminentemente oportunista. La mujer, siempre
hermosa, locuaz, coqueta, decía comprenderlo todo pero no habría certificado si no
había vacunación. Y él no podía continuar viaje sin exponerse a que en la próxima
escala le fuera negada la entrada al país por no disponer del certificado de vacunación.

Su ruta lo llevaría de Suiza a Inglaterra, de esta a Jamaica con una escala en Bahamas y
tras una estadía breve en Kingston, Jamaica debería continuar vuelo hacia Santo
Domingo, la capital dominicana que era su destino final. Viajaba en una misión:
informarle a Los Palmeros y en particular a Amaury German Aristy que no habría
desembarco guerrillero en la fecha acordada y que todos los planes habían sido
alterados como meses después registraría el propio Amaury en su carta testamento
que la policía incautó tras su caída en combate.

Los oficiales de la inteligencia cubana habían sido muy claros y precisos. “Estas
viajando con un pasaporte venezolano auténtico pero con un nombre falso. Vas a
pasar por algunos países donde todavía requieren certificado de vacuna contra la
viruela. Trata de conseguir el certificado con cualquier excusa de lo contrario tendrás
que vacunarte y es mejor que lo hagas en Suiza donde también deberás pasar unos
pocos días adquiriendo el equipo fotográfico que te acompañará conforme a tu
leyenda oficial, eres un fotógrafo freelance que va a cubrir la toma de posesión del
presidente dominicano el 16 de agosto de 1970 y luego tratarás de vender esas fotos y
textos que la acompañen a revistas o periódicos. El sabía, puesto que no era la
primera vez, que vacunarse implicaba al menos dos o tres días de fiebre intensa.

Desobedecer las instrucciones no era una opción.

Mientras la suiza, siempre encantadora y amable, preparaba su brazo recordó que esto
ya lo había vivido varias veces y la primera había sido en Santo Domingo. Un local, al
extremo este de la calle Santiago albergaba la sede de un centro de vacunación y otros servicios. Se preparaba entonces para su primer viaje fuera del país, era enero de
1967 y solamente emitirían el consabido certificado de vacunación tras la aplicación de
la vacuna. Esta primera vez la fiebre y el malestar fueron atroces y todo duró varios
días, no recuerda ya cuantos.

Ese mismo día se había alojado en un hotel vecino, apenas a algunas cuadras del
hospital y con el mismo nombre del barrio y del hospital. El baño estaba en el pasillo y
tan mal se sentía que prefirió pasar hambre antes que animarse a salir a comer algo en
el vecindario.

Pasó la noche repasando su manual de ciudadano venezolano. Era meticuloso. Nunca
había estado en Venezuela pero la había estudiado hasta aprenderse el himno
nacional, las monedas, el acento, palabras usuales, vulgaridades de rigor, barrios,
direcciones y naturalmente la historia del país. Se sentía cómodo con todo excepto el
nombre que llevaba en el pasaporte CARLO PAOLO MONTINI FOSATI (no recuerda si
era con una o dos ss). ¿Por que un nombre tan italiano si no me veo yo tan italiano a
pesar de que desciendo en efecto de italianos? Había preguntado a los oficiales de la
inteligencia cubana. “hay decenas de miles de italianos inmigrantes en Venezuela. Tu
eres descendiente de alguno de ellos. No te preocupes que todo saldrá bien. Y en
efecto, todo salió bien.

Ahora que Estados Unidos y otros países se aprestan a exigir un certificado de salud
negativo para el Covid 19 recordé que, después de todo, esto también ya lo habíamos
vivido y no tengo dudas que pronto, cuando se haya generalizado la vacuna, el
certificado de aplicación sea requerido al lado del pasaporte. El mundo no es nuevo
solamente da vueltas, sobre si mismo.

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