En un presidente, el carácter lo es todo Por: Antoni Gutiérrez-Rubí

«Muchos académicos han intentado establecer qué valores debe tener un mandatario. En el caso de Donald Trump, la autora Peggy Noonan destaca su falta de empatía y honestidad.»

Por Antonio Gutiérrez-Rubí

A finales de 2001, la ex escritora de discursos del presidente Ronald Reagan, Peggy Noonan, publicó su libro When Character Was King: A Story of Ronald Reagan. Para la autora, el único secreto de Reagan fue tener carácter: coraje, empatía, perseverancia, honestidad y paciencia. Según Noonan, eso es lo único que una persona necesita para tener éxito en la Casa Blanca. Porque es el carácter el que forja el modo de actuar de un presidente.

Muchos años antes, Abraham Lincoln ya indicaba que “todo hombre puede sobreponerse a la adversidad, pero conoceréis su carácter cuando tenga poder”. Donald Trump consiguió el poder en 2016 y, desde entonces, su modo de actuar ha estado en consonancia con su carácter. Búsqueda de personalismo, autoritarismo, deshonestidad en muchos de sus mensajes y polarización máxima con sus adversarios: la culpa siempre es de otros.

¿Qué carácter necesita tener un presidente?

A parte de las ideas de Noonan, muchos otros académicos han intentado responder a esa pregunta. En 2000, los psicólogos Christopher Peterson y Martin Seligman descubrieron seis virtudes transversales a todas las diferentes tradiciones y culturas: sabiduría, coraje, humanidad, justicia, templanza y trascendencia. No es el único estudio.

En la Universidad de Duke, el profesor James David Barber definió los atributos de carácter de todos los presidentes estadounidenses en cuatro tipologías: activo-positivo (quieren lograr más resultados, como Roosevelt, Truman y Kennedy), activo-negativo (quieren mantener el poder, como Wilson, Hoover, Lyndon B. Johnson y Nixon), pasivo-positivo (buscan ser queridos, como Taft y Harding) y pasivo-negativo (enfatizan sus virtudes, como Coolidge y Eisenhower).

¿En qué tipología de carácter estaría Trump?

Para Noonan es obvia su falta de empatía y de honestidad, y su intento constante de engrandecimiento personal. Si seguimos la clasificación de Barber, el carácter de Trump se situaría como activo-negativo: quiere mantener el poder como sea, ya que confunde la política nacional con su propia necesidad desesperada de poder personal y una enorme autoestima.

Tony Schwartz, autor del libro de Trump The Art of the Deal (El arte de la negociación, publicado en 1987 y el libro más vendido sobre Trump), afirma ahora que el presidente lleva toda su carrera fingiendo una riqueza que no tiene y odia dar una imagen de debilidad. El escritor que creó el mito de Trump sentencia: «El emperador está desnudo». Fue Schwartz quien acuñó la frase “hipérbole veraz”, un oráculo presagio de lo que hemos visto después, que describe hoy al presidente como un narcisista tóxico.

El encanto de Trump

Pero, ¿qué tiene Trump que agrada también a muchos sectores que no se sienten representados ni identificados con la oferta electoral y política tradicional? Trump encarna la audacia del canalla al que todos dan por perdedor y consigue, finalmente, con todo tipo de argucias, vencer al destino predeterminado. En una sociedad tan individualista, la fascinación por el liderazgo absoluto es un elemento cultural y sociológico de identificación profunda.

Es el tipo listo que engaña y miente al inteligente para vencer, y que es capaz de cualquier cosa por la victoria. Su modelo no es el mérito, sino la audacia desafiante. No pretende ser ni amado ni respetado, pero sí admirado —y odiado— por su osadía. Trump les dice a los obreros industriales, a los perdedores de la globalización, que hay, todavía, una batalla por dar y ganar. Y que él mismo encarna esa peineta gigante que les propone a sus electores para plantársela en la mismísima cara del establishment. Para Trump, ser despreciado es un incentivo y una señal de que la incomodidad y el rechazo que suscita es la reacción histérica de los que se sienten amenazados en su poder.

Él entendió a tiempo, cual buscador sagaz y sin escrúpulos de oportunidades económicas, que la oferta electoral convencional mostraba síntomas de agotamiento. Y lanzó su órdago populista como un desafío, como una patada al tablero. Con una OPA hostil al sistema democrático. Y sigue. El presidente Trump tiene una enorme responsabilidad con sus palabras. Por ejemplo, ha conseguido cambiar la percepción de seguridad institucional en el sistema electoral con sus sospechas, insidias y obstrucciones al proceso.

Recientemente, según la encuestadora Gallup, el 74% de los demócratas están “muy” o “algo confiados” en que los votos en las próximas elecciones presidenciales se emitirán y contarán con precisión, en comparación con el 44% (¡30 puntos menos, y menos de la mitad!) de los republicanos que dicen lo mismo.

Ya en agosto de 2017, otra encuesta publicada en The Washington Post señaló que el 52% de los votantes republicanos apoyaría posponer las elecciones de 2020, si Trump dijera que la demora era necesaria para garantizar que solo los ciudadanos estadounidenses elegibles pudieran votar. El senador republicano Mike Lee, del Estado de Utah (y donde Trump ganó 45% a 27% en 2016), tuiteó hace muy poco que “la democracia no es el objetivo del sistema político norteamericano”. Trump quiere likes, no votos. Por eso cuestionará con “hechos alternativos” el resultado electoral, si le es desfavorable.

Lincoln tenía otra frase sobre la importancia del carácter: “Deseo llevar los asuntos de esta Administración de tal manera que si al final, cuando deje las riendas del poder, he perdido a todos los amigos en la Tierra, al menos me quedará uno, y ese amigo estará dentro de mí”. Trump, a tenor de su conducta en la presidencia, debe tener esta frase grabada a fuego. No olvidemos tampoco a Nerón, que en su suicidio político exclamó: “¡Qué gran artista muere conmigo!”. El pueblo norteamericano decidirá si le acompaña en la tragedia o la evita.

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