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Globalización capitalista: el camino hacia la barbarie (1)

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Globalización capitalista: el camino hacia la barbarie (1)

«Los mercados literalmente nos instruyen, nos modelan y nos inducen a convertirnos en unos egoístas insensibles de la peor especie» (Michael Albert). En la actualidad, ya casi nadie niega la realidad del cambio climático. El mismo George Bush, reticente hasta hace poco a aceptar lo innegable, considera que la humanidad se enfrenta a un gran […]

«Los mercados literalmente nos instruyen, nos modelan y nos inducen a convertirnos en unos egoístas insensibles de la peor especie» (Michael Albert).

En la actualidad, ya casi nadie niega la realidad del cambio climático. El mismo George Bush, reticente hasta hace poco a aceptar lo innegable, considera que la humanidad se enfrenta a un gran desafío. El clima cambia a un ritmo cada vez más acelerado e impredecible. Continuamente llegan a nuestros oídos noticias sobre grandes catástrofes en todo el planeta. La Antártida, Groenlandia y los glaciares de las montañas se deshielan vertiginosamente y corren el riesgo de desaparecer en menos de una generación. El desierto avanza y destruye cada año miles y miles de hectáreas de tierra fértil y cultivable.

La sequía y los incendios son una nota cotidiana en nuestros veranos, mientras las autoridades advierten a la población de la acuciante falta de agua, y nos invitan a cerrar los grifos para que no se escape ninguna gota de tan preciado líquido. Los campesinos protestan porque no pueden llevar agua a sus bancales de secano, transformados hace pocos años en flamantes huertas de regadío, mientras los demagogos del PP claman por la construcción de faraónicos trasvases, que serían una mina de oro para las grandes constructoras, pero que no impedirían la creciente desertificación de nuestras tierras.

Los medios de comunicación denuncian el expolio que sufren los bosques y selvas en todo el mundo en aras del comercio de la madera. Cada año miles de especies se extinguen sin remedio. Los orangutanes, gorilas y chimpancés corren el peligro de desparecer en menos de una generación. Los tigres, osos blancos, el lince ibérico y muchas otras especies siguen el mismo camino. Sólo durante el siglo XX el 75% de la biodiversidad agrícola mundial ha desaparecido (a las multinacionales sólo les interesa un puñado de cultivos que les puede dar el máximo de beneficio. La explotación pesquera, gracias a los avances tecnológicos, depreda los bancos de pesca que quedan sin darles tiempo para recuperarse. Apenas un 0,1 de la biodiversidad marina están protegidos. La anchoa del Cantábrico, como antes pasó con el bacalao de Terranova, está al borde de la extinción comercial, mientras la pesca del atún rojo del Mediterráneo puede colapsarse en los próximos años sin que nadie haga nada para evitarlo. Eso sí, las medusas, libres de sus depredadores naturales, se han convertido ya en una plaga veraniega permanente en nuestras costas.

«El descenso de peces ha experimentado dos fases. En la primera, de 1950 a 1985, la bajada fue moderada, tan sólo un 10%. Por el contrario, en la segunda etapa, que abarcaría los últimos 20 años, el balance es terrible: las nuevas flotas pesqueras, capaces de seguir bancos de peces con las más altas tecnologías y de almacenar en sus bodegas decenas de miles de toneladas de ellos, ‘redujeron la fauna en un 80%’».

Da la sensación de que no se puede hacer nada. Científicos y gobiernos se reúnen continuamente para tomar medidas que luego no pueden, o no quieren llevar a la práctica. La prensa y los medios insisten en que se hace todo lo posible y que tenemos que sensibilizarnos y apoyar las medidas que se adoptan (hay que cerrar los grifos y regular el agua). Entre la gente se extiende el pesimismo y el escepticismo de que todo está atado y bien atado. Los teóricos de la burguesía claman que la causa del desastre es la naturaleza humana, y que cualquier intento de cambiar las cosas (léase capitalismo) esta abocado al fracaso. ¡Recordad la URSS!, ¡Mirad lo que pasa en China! ¡Los sueños de la razón producen monstruos! ¡Aceptad que vivís en el mejor de los mundos posibles y encaramaos felices a la noria del consumo!

¿MORIR DE ÉXITO?

La naturaleza humana no es la causante del desbarajuste mundial en el que nos encontramos. La humanidad ha convivido con la naturaleza durante millones de años. Es cierto que protagonizó agresiones al medio ambiente y causó extinciones entre la fauna y la flora. Pero en la mayoría de los casos mantuvo una relación estable con su entorno. Muchas culturas colapsaron porque traspasaron el umbral de la sostenibilidad y agotaron los recursos de los que dependían, pero otras siguieron existiendo. En numerosos casos los pueblos aprendieron de sus errores y estabilizaron formas de explotación de los recursos que les permitió regenerarse.

Las causas de la destrucción no están en la inamovible esencia depredadora de la humanidad. El hombre modifica su entorno, pero simultáneamente cambia con él. Como cualquier organismo se adapta para no perecer. Siendo una especie consciente, tiene la capacidad de aprender de sus errores y modificar su comportamiento. La cínica teoría sobre la «naturaleza humana» no es más que un taparrabos que esconde intereses inconfesables: La burguesía se aferra con pasión a la depredación planetaria, fuente de sus propiedades y beneficios, convencida de que, cuando llegue el momento, la ciencia y la tecnología, puestas a su servicio, encontrarán la forma de salvarlos del desastre.

El capitalismo es un sistema económico que no tolera el estancamiento. El único límite que tiene para desarrollarse es él mismo, con todo lo que esto implica: acumulación de capitales (reinvertidos demandan nuevas ganancias), competencia feroz, crecimiento sin límites marcado por las desigualdades sociales y saqueo de la naturaleza. Los empresarios y los accionistas necesitan un desarrollo continuo, que les permita reproducir hasta el infinito sus inversiones, a riesgo de colapsarse o entrar en recesión. Para sobrevivir en su despiadada carrera por conquistar nuevos porciones del mercado, las empresas capitalistas necesitan rebajar continuamente sus costes de producción, ya sea recortando el poder adquisitivo de los salarios, ya sea ignorando los daños ocasionados al medio ambiente, a través de sus actividades extractivas. De no hacerlo está condenada al fracaso y a la bancarrota.

«Aunque un productor de una industria no se comporte de manera egoísta, otros sí lo harán. Si los altruistas persisten en mantener un comportamiento socialmente responsable, acabarán siendo expulsados del sector porque no podrá ser tan competitivo y los productores sin escrúpulos escalarán a las posiciones más prominentes. La competitividad del mercado destruye la solidaridad al margen de las relaciones de propiedad más amplias».

A lo largo de su historia, las crisis periódicas de superproducción se saldaron con guerras y destrucciones masivas de las fuerzas productivas. El problema en la actualidad es que la existencia en el planeta de miles de bombas nucleares convierte en inviables las tradicionales sangrías económicas. La guerra podría ser un remedio peor que la enfermedad. Las grandes potencias han intentado hasta el momento evitar tan drásticas salidas. La sociedad de consumo y el despilfarro en Europa, USA y Japón han sido en las últimas décadas el recurso que el capitalismo escogió para dar salida a las montañas de productos que salían de sus fábricas y que de otra forma no habrían encontrado salida. Pero para mantener el ritmo de reproducción de los capitales no era suficiente con satisfacer las necesidades de la población de estos países, era necesario crear otras nuevas que estimularan la demanda de nuevos productos. La televisión, el cine y los medios de comunicación se han encargado de convertir el modo de vida occidental en el modelo a imitar. La publicidad promete el paraíso a cambio de consumir. Más y más coches, más y más electrodomésticos, más y más consumo, todo con tal de evitar que el ritmo decline. Cada día salen al mercado nuevos productos que no cumplen lo que prometen, son más rápidos, más manejables, más pequeños y con más capacidad, pero no pretenden mejorar la vida del consumidor, están diseñados para durar un tiempo determinado, después hay que tirarlo y comprar otro, para poder tener «lo último».

«Todos los días y en toda la superficie del globo, los medios de comunicación ofrecen imágenes que presentan el modo de vida moderno del consumidor occidental, como si fuera el ideal… El mensaje es que lo urbano es moderno y lo rural atrasado, que las importaciones de alimentos precocinados y de objetos manufacturados valen más que lo fabricado localmente… se cautiva a la gente para que prefiera las hamburguesas de McDonald’s a su propia cocina, o los pantalones vaqueros a las ropas nacionales, sino que encima se la incita a olvida su propia personalidad y a imitar a la actriz de Dallas».

El crecimiento desbocado del capitalismo en la segunda mitad del siglo XX implicó también el aumento del saqueo y la superexplotación del resto del mundo. El proceso de «independencia» de las colonias dio lugar a un nuevo sistema de explotación mucho más sofisticado y perverso. El aumento explosivo de la producción implicó una mayor dependencia de los recursos naturales de los países pobres. Para fabricar más coches que fueran más baratos había que rebajar los precios de las materias primas. Toda una serie de organismos económicos que, como el FMI, el Banco Mundial, o la OCDE, que supuestamente habían nacido para racionalizar el capitalismo y prever nuevas crisis, se convirtieron en los perros guardianes del nuevo orden imperialista. Las antiguas colonias, dirigidas ahora por la burguesía autóctona, pasaron a endeudarse con sus antiguas metrópolis. Para pagar la deuda, tuvieron que aceptar sus condiciones: la apertura de sus mercados, la continuación del saqueo de sus recursos y la aceptación de unos precios para las materias primas impuestos por las potencias imperiales.

El vertiginoso crecimiento de la producción capitalista exige la extracción de cada vez mayores cantidades de recursos naturales, muchos de ellos no renovables (minerales), mientras impide, por su ritmo, que los que sí que pueden se regeneren (las selvas, los animales). El resultado es evidente: la disminución del ritmo de extracción, entre otros del petróleo y el gas natural, con la consiguiente subida de los precios y un futuro de creciente escasez, mientras el ritmo de extinción de las especies se acrecienta cada día.

«Los problemas ecológicos son como una enorme rueda de inercia que cada día hacemos girar un poco más rápido. Esa rueda ya gira demasiado deprisa, y muchos de los estragos ya son irreversibles».

La sociedad de consumo se convierte en una máquina infernal que excluye a cada vez mayor número de personas. El capitalismo promueve una filosofía de vida basada en la competencia y la satisfacción individual. Destruye la conciencia de clase y cualquier atisbo de solidaridad. A medida que el reino de la abundancia se transforme en el de la escasez, la calidad de vida de la población se deteriorará progresivamente. La sociedad de consumo que normalmente se asocia al placer y la felicidad, está dando paso a un panorama de frustración social. La división entre los que todavía gozan del llamado estado del bienestar y los que son expulsados del mismo se acentúa. Quedarse sin trabajo o ver como se reduce el poder adquisitivo de tu salario equivale a no poder acceder a los nuevos productos que salen al mercado, no poder ir a la moda, perder reconocimiento social, o respeto a uno mismo. Las bolsas de pobreza no sólo se extienden por los antiguos países coloniales, también lo hacen por las metrópolis. Millones de seres humanos son excluidos y tienen que contentarse con ver el pastel en el escaparate. Esto es una fuente creciente de odio y frustración para millones de desheredados. Faltos de una alternativa consciente y consecuente, los estallidos de violencia colectiva en USA, o la furia de la juventud de las banlieuses en Francia es una de las consecuencias de esta marginación social.

El capitalismo una especie nefasta de rey Midas, convierte todo lo que toca en mercancía, la tierra, las plantas, los animales y los seres humanos. Todo está sujeto al proceso de mercantilización, o dicho de otra forma, todo puede ser fuente de beneficios.

«Sólo tenemos una cantidad limitada de bosques, de agua y de tierra. Si usted lo transforma todo en aires acondicionados, en patatas fritas, en coches, en algún momento usted no tendrá nada»

El capitalismo necesita crecer de forma indefinida, aunque sea a costa del bienestar de la humanidad y la destrucción de la naturaleza. El crecimiento de la economía, lejos de ser el remedio, es el origen del problema. El crecimiento actual no responde a las necesidades de los seres humanos, sino a la dinámica perversa del capital, y en la actualidad sobrepasa la capacidad del planeta. Se produce más de lo que necesita. La existencia de miles de millones de seres humanos en la miseria no es una consecuencia de la falta de desarrollo de las fuerzas productivas, sino de un sistema económico irracional, que tiene como objetivo, no la satisfacción de las necesidades básicas de las personas, sino el aumento de las ganancias capitalistas. Los recursos naturales son limitados y el planeta no puede soportar indefinidamente un sistema que pretende un desarrollo permanente de la producción. Si todos los seres humanos consumiéramos como los norteamericanos o los europeos, los límites físicos del planeta se rebasarían ampliamente. Más consumo implica más explotación de recursos naturales, es decir, la causa del cambio climático, de la contaminación, de las montañas de residuos que no se reciclan, de la degradación de los espacios naturales y de la extinción de las especies.

EL ENGAÑO DEL «CRECIMIENTO SOSTENIBLE».

«Una más gran producción es la clave de la prosperidad y de la paz». Con estas palabras, el presidente norteamericano Truman, en su discurso de investidura anunció un programa de ayuda internacional que acabaría con la miseria, gracias a la actividad industrial y el aumento del nivel de vida. Seis décadas después, la pobreza en el mundo no ha desaparecido y la diferencia entre las metrópolis y la mayoría de los antiguos países coloniales no cesa de crecer. La ciencia y la técnica, al servicio del capitalismo, no sólo se muestran incapaces de acabar con el problema, sino que lo agravan.

El desarrollismo en el seno de la globalización es la continuidad de la vieja política colonial, por otros medios. Calificar a un país como «subdesarrollado» frente a otros «desarrollados» conlleva toda una carga de menosprecio. Siguiendo el criterio impuesto por las grandes potencias, la aspiración de los países parias o «subdesarrollados» sólo puede ser una: «desarrollarse», seguir las recetas milagrosas dictadas por los charlatanes de la feria global. El BM y el FMI les exigen planes de desarrollo que en la práctica no son otra cosa que la apertura de sus mercados a la depredación de las multinacionales. Países como Argentina en 2001, que en su momento fueron sus alumnos más disciplinados, se derrumbaron. Las cifras cantan y sólo los ingenuos, o los que quieren engañar o engañarse a si mismos, pueden creer que el desarrollo erradicará la miseria del mundo. Su función en realidad es ayudar al crecimiento capitalista, conquistar nuevos mercados, destruir las economías autóctonas, uniformar a los consumidores en todo el mundo en beneficio de sus productos y explotar hasta el agotamiento los recursos de los países que les suministran materias primas a precios de saldo.

El mito del desarrollo sostenible, como instrumento de lucha contra la pobreza necesita de ésta para sobrevivir. En la práctica no hace otra cosa que agravarla. Los viejos sistemas de solidaridad comunitaria y los mecanismos proteccionistas son tachados de obsoletos y de ser un obstáculo para el desarrollo. Se desarma a la industria y el comercio local para entregarlos atados de pies y manos. Sin embargo el engaño del «desarrollo» hace tiempo que empezó a resquebrajarse. Por eso una corte de economistas, filósofos y sociólogos, decidió añadirle otros calificativos (sostenible, responsable, social), con el propósito de hacerlo tragable a la opinión pública. Resulta esperpéntico ver a los zorros manifetar su preocupación por el gallinero. Los mayores contaminadores del planeta, como British Petroleum, Total-Elf-Fina, Suez, Viviendi, Monsanto (el principal productor mundial de transgénicos), Novartis, Nestlé apoyan con su firma manifiestos a favor del desarrollo sostenible.

La palabra «desarrollo» encubre otro término más crudo: «crecimiento» capitalista, con todas sus implicaciones (acumulación de capital, explotación de la fuerza de trabajo, imperialismo, saqueo de los recursos naturales). El calificativo «sostenible» sólo sirve para tranquilizar la conciencia de una masa de población cada vez más crítica con las consecuencias (cambio climático, pérdida de biodiversidad…). Si el desarrollo puede «sostenerse» es porque existe la forma de paliar sus consecuencias negativas. La ciencia y la técnica, transformadas en una especie de pensamiento mágico acaban sirviendo de coartada a los desmanes del capitalismo. Se inventan automóviles que contaminan menos y electrodomésticos que gastan menos. Los científicos se reúnen y los gobiernos deciden a combatir las causas del cambio climático, se vuelve a hablar de centrales nucleares más baratas y seguras. Todo esto provoca un efecto adormecedor entre la población. Si los gobiernos y los científicos hablan de «desarrollo sostenible» será porque saben de lo que hablan.

«Condicionado por la ideología del consumo y prisionero de una fe ciega en la ciencia, nuestro mundo busca una respuesta que no contravenga su deseo en crecimiento exponencial de objetos y servicios sin perder la buena conciencia».

Los defensores del «desarrollo sostenible» enmascaran la realidad detrás de un amplio surtido de mitos, que los medios de comunicación se encargan de vender como ciencia. Se asocia el crecimiento a la felicidad y el bienestar y se oculta que los beneficios acaban en manos unos pocos. El PNB se convierte en la mentira estadística utilizada para encubrir sus efectos negativos. Un estudio sobre el crecimiento en USA en el que se contabilizaron las pérdidas provocadas por la degradación ambiental y la contaminación reveló que, a partir de los años 60, el progreso estaba estancado e incluso había retrocedido, mientras que el PNB crecía sin cesar. Arrasar un bosque para transformarlo en papel y madera incrementa el PNB, dejarlo intacto no, sin embargo el bosque evita la erosión del suelo y retiene el agua que nos es necesaria, por lo que su supervivencia contribuye al bienestar social.

La idea perversa que defiende es que la felicidad y el bienestar dependen del crecimiento de las fuerzas productivas. A más coches y electrodomésticos mayor calidad de vida. Sin embargo ocultan la amenaza que se cierne sobre la humanidad. ¿Cómo hacer compatible el aumento de la producción, con los recursos limitados del planeta? El engaño es recurrir a la ciencia y a la técnica, como si éstas fueran capaces por si solas de solucionar cualquier problema que se plantee.

«Algunos científicos replican que ‘ya se encontrará otra cosa’, que ‘el humano posee una capacidad de evolución fuera de lo común’ y que ‘los proyectos técnicos permitirán encontrar una fuente de energía que no contamina e infinita’… está más cerca de las creencias que de una verdadera agudeza científica…».

El conocimiento de las leyes naturales convirtió al hombre en la especie dominante del planeta. Pero lo que la ciencia no puede hacer en ningún caso es contradecirlas. El vertiginoso e irracional crecimiento capitalista, cumpliendo la ley de la entropía, nos lleva al desastre.

«La transformación del mundo por el fuego de las máquinas térmicas de la revolución industrial ha tenido enormes consecuencias teóricas y prácticas, puesto que condiciona nuestra relación con la biosfera y nuestras concepciones del desarrollo económico».


Articulo escrito por Enric Mompó en Rebelión: https://rebelion.org/globalizacion-capitalista-el-camino-hacia-la-barbarie/

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