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Globalización capitalista: el camino hacia la barbarie (2)

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Globalización capitalista: el camino hacia la barbarie (2)

APRENDER DE LOS ERRORES. RESPONDER A LOS NUEVOS RETOS

«Confirmo que no me gusta el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar y que aplastar, dar codazos y pisar los talones al que va delante, características del tipo de sociedad actual, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana» (Stuart Mill)

La tarea es inmensa. Nuestra época se caracteriza por una aparente falta de alternativas. Aunque el capitalismo manifieste síntomas de no estar bien de salud, la mayoría de sus críticos no va más allá de un tímido reformismo que se limita a cambios en los métodos de gestión que supuestamente eliminarían sus aspectos más negativos. Hablar de «capitalismo con rostro humano» (social, ecológico…) sería una solemne imbecilidad, sino fuera en realidad una farsa destinada a engañar a los incautos o a los que quieren ser engañados.

CAMBIAR ALGO PARA QUE NO CAMBIE NADA.

Creer que el capitalismo puede domesticarse implica no comprender su naturaleza. La globalización es la que es, porque no puede ser de otra manera, responde directamente a las necesidades del gran capital. No existen otros capitalismos (pueden existir matices pero son adaptaciones locales), de la misma forma que no pueden haber diferentes globalizaciones (capitalistas). Los países que durante décadas desarrollaron lo que vino a llamarse «sociedad del bienestar» hace tiempo que empezaron a desmontarlo. La naturaleza competitiva del capitalismo lleva a que las multinacionales trasladen sus industrias a los antiguos países coloniales, donde la legislación es más laxa y permite más contaminación ambiental, salarios más bajos y menos derechos sociales. De lo contrario se exponen a perder cuota y a ser expulsados del mercado. Esto no quiere decir que justifiquemos las deslocalizaciones, todo lo contrario, lo que afirmamos es que esta dinámica es irreversible dentro del capitalismo. El «Estado del bienestar» se desmorona progresivamente porque los gobiernos europeos, al servicio del gran capital, se ven obligados a hacerlo para acudir en ayuda de las multinacionales.

Tal como hemos señalado, para sobrevivir el capitalismo arrastra a la humanidad y al planeta entero. Se extinguen las especies, se destruyen las selvas, el hambre y la miseria crecen. Todo esto no está provocado por una conciencia maligna, sino por un sistema económico irracional. La burguesía no quiere destruir el planeta, pero antes que nada lo que quiere salvar son sus privilegios, sus propiedades y su tren de vida. Por esa misma regla de tres, está condenada a buscar la cuadratura del círculo, es decir, la combinación imposible del crecimiento permanente (que necesita para acumular capital), la estabilidad social y la preservación del medio ambiente. Como esto es imposible, la primera condición acaba prevaleciendo sobre las otras dos, es decir, acaba ampliando la fractura social entre privilegiados y desposeídos, y destruyendo el medio ambiente.

Cualquier intento del capitalismo para evitar la catástrofe tiene los límites de su propia naturaleza. Ningún sistema social y económico se suicida. Suponiendo que detrás de los congresos internacionales existan buenas intenciones para paliar el cambio climático y evitar la extinción de las especies, nunca podrán ir más allá. La burguesía y sus representantes están condenados a poner parches a su propia obra destructora.

Los sumos sacerdotes del gran capital anuncian la llegada de la religión laica y proclaman la llegada de una nueva era: la del capitalismo verde y del desarrollo sostenible. La mano invisible del mercado conseguirá el equilibrio permanente entre la economía, la naturaleza y la humanidad. En torno al mito ecocapitalista se ha creado una industria con beneficios multimillonarios. Se trata de lanzar políticas «verdes», «ecológicas» y de «crecimiento sostenible», destinadas a calmar el malestar y adormecer la conciencia crítica de la población. El mensaje está claro: cuando llegue el momento, el capitalismo logrará solucionar todos los males que provoca.

Digan lo que digan los aprendices de brujo, la barita mágica de la ecoeficiencia tampoco burla las leyes del capitalismo. Es cierto que los procesos de producción economizan energía y recursos. La causa no es la conciencia ecológica, sino porque de esta manera los productos que salen al mercado son más baratos, atractivos y rentables. Veamos algunos ejemplos. Los automóviles hoy en día consumen menos combustible que hace décadas (aunque están construidos para durar menos). Sin embargo los 600 millones de vehículos que existen en el planeta contrarrestan con creces los efectos positivos de la tendencia. Resultado: El ritmo de agotamiento de los recursos naturales se acelera y se contamina más que nunca. Lo mismo pasa con los electrodomésticos, hoy son más baratos, rápidos, seguros, buenos para la salud, ligeros y pequeños y además consumen menos energía. Las bombillas de bajo consumo están sustituyendo a las tradicionales, con el consiguiente ahorro de electricidad que esto supone. Sin embargo el capitalismo necesita que aumente el consumo porque esto implica mayores beneficios. Resultado: el gasto de energía aumenta. En Catalunya, después de todas las campañas de racionalización del consumo energético, financiadas por los distintos gobiernos, la demanda ha crecido entre 2000 y 2006 el 42% en los servicios y un 36% en el sector doméstico. Según un organismo tan poco sospechoso de anticapitalismo como la OCDE, el consumo de energía por unidad disminuyó una media del 25% entre 1970 y 1988 en los países que forman parte de este organismo. Sin embargo esta disminución del consumo no ha conducido a una reducción global, sino todo lo contrario, en el mismo período aumentó en un 30%19.

La ecoeficiencia sólo es eficaz cuando se aplica una política basada en la austeridad racional, y no en el aumento del consumo desenfrenado, destinado a incrementar los beneficios de los inversores. Su eficacia queda contrarrestada por el aumento constante de la producción, de los transportes, de la construcción de nuevas viviendas, de más y más aparatos climatizadores. El despilfarro, el consumismo y la aparición constante de nuevos productos en el mercado que no aportan nada a la calidad de vida, no son excesos corregibles, sino la esencia misma del capitalismo.

Los mismos que defienden el crecimiento como motor contra todos los males de la humanidad, consideran que también es la mejor arma contra la degradación ambiental. Como argumento presentan una realidad superficialmente incuestionable: En los países ricos, es decir, en las metrópolis imperialistas, la situación medioambiental ha mejorado en las últimas décadas. Entre líneas: los problemas ecológicos se solucionan con el crecimiento económico. No podemos, ni debemos hacer nada. Sin embargo el cuento se cae por su propio peso. El medio ambiente no puede analizarse a nivel local, sino mundial. Lo contrario es hacer trampa. Las multinacionales trasladan la industria contaminante a los antiguos países coloniales, donde no hay leyes reguladoras. Las metrópolis importan materias primas y exportan residuos tóxicos e industrias contaminantes. La polución real no se reduce, pero se crea la ilusión de que la degradación se atenúa y mejora el medio ambiente en los países ricos. Veamos un ejemplo, la industria farmacéutica es de las más contaminantes, esto llevó al gobierno y las multinacionales norteamericanas a concentrar su industria en Puerto Rico, un supuesto estado asociado que en realidad no deja de ser una colonia. La islacuenta con lasegunda concentración de industria farmacéutica del mundo. La realidad es tozuda, la contaminación crece con el desarrollo y el enriquecimiento capitalista.

Pero con la exportación de residuos tóxicos hacia las antiguas colonias lo que en realidad hacen los países ricos es escupir hacia el cielo. La contaminación de la que se deshacen por la puerta principal, volverá de nuevo por la puerta trasera.

BUSCANDO LA PIEDRA FILOSOFAL

Científicos y economistas aceptan que estamos al final de la era del petróleo barato y que otros recursos no renovables irán pronto por el mismo camino. Las diferencias se limitan a cuando será ese momento.

«La escasez de recursos se está erigiendo ya en este momento en un factor de agravamiento de tensiones en diversas regiones del mundo. En el siglo que ahora empezamos, esa está destinada a ser una de las causas principales de guerra… Pero el uso clave al que se destinarán dichas (nuevas) tecnologías será el control de los cada vez más escasas reservas de petróleo, gas natural, agua y demás factores productivos esenciales de la sociedad industrial».

Los precios del petróleo se encarecerán progresivamente. El carbón y otros minerales, además de ser todavía más contaminantes (acelerando el cambio climático), sólo son un parche al problema. Por supuesto, los ecocapitalistas recurren de nuevo a la cantinela de las centrales nucleares más baratas, más limpias (¡ecológicas!) y más seguras. Mienten. No sólo no han encontrado una respuesta a qué hacer con los residuos radioactivos (algunos duran miles de años), ni como acabar con las centrales una vez han cubierta su vida útil, sino que el último terremoto en Japón demostró que las nuevas tecnologías se han mostrado incapaces de mejorar la seguridad frente a una catástrofe o un accidente. Otros venden la idea de que estamos en el umbral de la era del Hidrógeno, una energía limpia e ilimitada. Sin embargo hasta hoy la profecía no se ha cumplido. Los actuales métodos conocidos para producir hidrógeno libre son caros y contaminantes.

El presidente Bush proclama que la nueva piedra filosofal es la bioenergía procedente de la caña de azúcar y del maíz. Por el momento lo que ha conseguido es que se disparen los precios y que en algunos países como Méjico se multipliquen las manifestaciones por la escasez del maíz, que los especuladores han atesorado para hacer pingües negocios. La nueva producción es una amenaza contra los pobres y el medio ambiente. Miles de hectáreas de selva corren el peligro de ser deforestadas. Miles de hectáreas de tierras cultivables pueden ser apartadas del consumo humano en las antiguas colonias, para ser destinadas a la producción y el consumo que demandan los mercados. Bush, el representante de las petroleras no busca alternativas, sino disminuir la dependencia norteamericana de Venezuela y Oriente Medio. Pero ni así es suficiente, harían falta varios planetas como el nuestro para proporcionar toda la energía necesaria. Además la bioenergía, tampoco es un combustible limpio y su combustión expulsa grandes cantidades de gases que favorecen el efecto invernadero.

Las energías limpias y renovables, como la eólica o la solar, por lo menos en el actual nivel de conocimientos de la ciencia y la técnica, son totalmente insuficientes para satisfacer la demanda. Pero además presentan un problema político. El capitalismo necesita el control y la centralización de las energías para impedir su democratización. Las multinacionales y sus gobiernos invierten miles de millones de euros en la investigación de «sus» energías (nucleares, petróleo, carbón…), pero apenas en las fuentes alternativas. Una energía renovable, barata y fácilmente obtenible, no sólo acabaría con uno de los negocios más fabulosos y rentables que existen, sino que tendría consecuencias imprevisibles. Ni las multinacionales, ni los gobiernos, están dispuestos a invertir en la investigación de estas fuentes energéticas, mientras no exista la seguridad de que seguirán controlando su producción, uso y disfrute.

La irracionalidad capitalista no es la solución, sino la causa de nuestros males. Es una estupidez pedir el remedio a lo que agrava la enfermedad. El capitalismo con rostro humano (y el «desarrollo sostenible»), es una amenaza mortal, un espejismo que nos conduce hacia las arenas movedizas. Pero la alternativa no es, no puede ser, más de lo mismo, de forma corregida y aumentada. El socialismo sólo tiene razón de ser en tanto en cuanto responde a los males que fomenta el capitalismo. Desde esta perspectiva su objetivo no es más de todo para todos, sino cambiar la cantidad por la calidad. Serge Latouche nos lo explica de forma casi poética:

«… sería necesaria una tecnología, que fuera también otra, y por ejemplo, apropiada para salir del tecnicismo de la sociedad tecnológica. Haría falta otra economía, evidentemente, con otra racionalidad más razonable que racional. Sería necesario otro saber, otra visión de la ciencia que nuestra tecnociencia promoteica, ciega y sin alma. Haría falta, sin duda, otra concepción del progreso, otra concepción de la vida (Y en ese mismo caso, de la muerte), otra concepción de la riqueza (y también de la pobreza…). Todo esto supondría probablemente otra concepción del tiempo, que no fuera tan lineal, acumulativo, continuo, etc. Y, por qué no, otra concepción del espacio, otras relaciones entre las generaciones, entre los sexos, (y yo añado, entre las especies), etc. Se trata pues, finalmente, de una alternativa al desarrollo realmente existente, mucho más que otro desarrollo, otro desarrollo sencillamente concebido y corregido».

Está todo dicho.


Articulo escrito por Enric Mompó en Rebelión: https://rebelion.org/globalizacion-capitalista-el-camino-hacia-la-barbarie/

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