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Globalización capitalista: el camino hacia la barbarie (3)

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Globalización capitalista: el camino hacia la barbarie (3)

LA HUMANIDAD EN LA ENCRUCIJADA

«Entre quienes vienen a este mundo a hacer negocios, y quienes vienen a vivir, no hay reconciliación posible».

El capitalismo ha llevado a la humanidad a una encrucijada, la de tener que escoger entre la barbarie, que no es otra cosa que llevar al sistema hasta sus últimas consecuencias, o la de encontrar una alternativa que lo supere definitivamente. Rosa Luxemburgo lo sintetizó admirablemente en una sola frase: «Socialismo o barbarie». Pero la degeneración de la primera revolución socialista triunfante de la historia, fruto del aislamiento y del atraso en el que se encontraba la Rusia postrevolucionaria, y el surgimiento del estalinismo y de los estados burocráticos ensució y deformó la idea del socialismo hasta hacerla aborrecible.

La revolución europea, como paso previo a la construcción del socialismo nivel mundial fracasó. En su lugar se dio el surgimiento del fascismo y dos terroríficas guerras que produjeron decenas de millones de muertos y la destrucción masiva de fuerzas productivas que el capitalismo necesitaba para recuperarse de su parálisis. Ya en los años cincuenta, el crecimiento capitalista sepultó en Europa la idea revolucionaria, crecimiento que permitió a la burguesía imperial comprar a los trabajadores en USA, Europa y Japón. Durante décadas, en estos países el capitalismo ha sido equiparado a bienestar y desarrollo del nivel de vida. El ideal era un coche último modelo, electrodomésticos y una segunda vivienda que les permitiera integrarse en la sociedad de consumo y ascender en su estatus social. Había que imitar el estilo de vida de la burguesía. Frente al mito del capitalismo con rostro humano en todo su esplendor la vieja bandera del socialismo parecía haber perdido definitivamente su atractivo.

La desaparición de la URSS y los viejos estados burocráticos, la restauración de un capitalismo mafioso en todos ellos y en China, y los crecientes síntomas de senilidad del sistema, vuelven a poner sobre la mesa la idea de que éste debe y tiene que ser superado. So pena de que su supervivencia arrastre a la humanidad y al planeta entero a una espantosa barbarie.

Resulta cómico ver a numerosos alternativos empantanados en ponerle un nombre a la cosa, que no suene a socialismo (democracia participativa, eudemonismo, parecon). Otros prefieren abrazar la causa de una democracia idealizada y sin calificativos, en la que la voluntad popular prevalecería por encima de los intereses del gran capital. El problema es como ponerle el cascabel al gato, sin que suene a demasiado revolucionario. Como llegar a esa situación en la que por arte de magia el viejo sistema se superado, para llegar a un no sé qué, que a menudo recuerda al capitalismo pero con una nueva máscara «humanizada». El retroceso de la conciencia que se ha dado en los últimos años parece que ha llevado a muchos «alternativos» a una regresión a épocas premarxistas. Parece como si no hubiéramos aprendido nada.

«Hoy en día, nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la Tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo; puede que esto se deba a alguna debilidad de nuestra imaginación».

Las primeras experiencias en la construcción del socialismo fracasaron, pero esto no lo convierte en una «utopía» como dicen sus adversarios. La superación del capitalismo es una necesidad histórica que no puede seguir postergándose indefinidamente. Cuanto más tardemos en construirla y desarrollarla, cuanto más tarde el capitalismo en ser relegado a los museos de historia, más empobreceremos el planeta y más sufrimiento ocasionará. Repensar el socialismo no quiere decir darle otro nombre, para dar la impresión de que estamos hablando de otra cosa. Tenemos que defender la idea sin contemplaciones. Miles y miles de revolucionarios defendieron y pagaron con su vida la defensa del ideal socialista, frente a la degeneración estalinista y burocrática. Pero repensar el socialismo también implica reflexionar en los errores y las ingenuidades que se cometieron en el pasado. Pensar qué circunstancias nos llevaron a tal aberración.

Alguien dijo que si en los países del este europeo hubiera existido el socialismo, el muro de Berlín habrían tenido que ponerlo los capitalistas. Sin duda el tema es más complejo. Pero esa idea apunta a algo muy interesante: la de que el socialismo tiene mucho más que ofrecer en términos de felicidad y bienestar humano (en el que se incluye un mayor respeto al medio ambiente y a los seres vivos que nos acompañan) que el capitalismo y su sociedad de consumo.

SOCIALISMO ES…

Marx y Engels nunca dieron una definición acabada de socialismo. Porque no era un producto mental, como sí lo había sido para los socialistas utópicos, sino la respuesta a los retos del capitalismo. Ellos analizaron el capitalismo de su época e hicieron un esbozo de la alternativa. Lamentablemente la idea de la inminencia del socialismo demostró ser falsa. Ha pasado un siglo y medio y el capitalismo con sus altos y bajos, ha sobrevivido y añadido nuevas páginas de dolor y barbarie. Evolucionó hacia la fase imperialista, y en la actualidad podemos hablar de una nueva fase senil, caracterizada por una naturaleza cada vez más mafiosa. Tal como hemos reflejado con anterioridad, el actual sistema, en el que prevalece sobre todas las cosas los intereses de reproducción infinita del gran capital, constituye cada vez más una mortal amenaza para la existencia de la humanidad, e incluso de la vida misma en la Tierra.

Con frecuencia se ha acusado a Marx y Engels de menospreciar la cuestión ecológica y de tener una visión desarrollista del socialismo. La acusación además de ser injusta, es absurda. Los dos revolucionarios vivieron a mediados del siglo XIX, y por consiguiente sus análisis estaban sujetos a la realidad de aquel momento. En sus escritos denunciaron la depredación que el capitalismo llevaba a cabo sobre la naturaleza.

«… todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra». Supieron analizar como nadie lo había hecho la naturaleza del capitalismo y sus perspectivas, pero no eran profetas. Estaban convencidos de el socialismo acabaría la explotación del hombre por el hombre y pondría remedio a los males que ocasionaba el capitalismo, pero entre ellos no estaba todavía un crecimiento económico que hubiera rebasado la capacidad del planeta y que supusiera una amenaza para la vida en la Tierra.

«Considerada desde el punto de vista de una formación socioeconómica superior (el socialismo), la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan monstruoso como la propiedad privada de un hombre sobre sus semejantes. Ni la sociedad en su conjunto, ni la nación, ni todas las sociedades que coexistan en un momento dado son propietarias de la tierra. Son simplemente sus poseedoras, sus usufructuarias, llamadas a usarla como boni patres familias (buenos padres de familia) y a transmitirla mejorada a las futuras generaciones».

El socialismo que hoy queremos construir tiene que responder a los retos de nuestro tiempo. El nuevo sistema tiene que subvertir los valores impuestos por el capitalismo. El mito del crecimiento, como muchos otros, debe ser cuestionado seriamente, porque, a diferencia de lo que ocurría en época de Marx y Engels, en la actualidad la humanidad ha cruzado ya el umbral de la sostenibilidad.

«…el espacio bioproductivo consumido per cápita de la humanidad era de 1,8 hectáreas. Un ciudadano de Estados Unidos consume, de media, 9,6 hectáreas; un canadiense, 7,2; un europeo medio, 4,5. Estamos, pues, lejos de la igualdad planetaria y, más aún, de un modo de civilización sostenible necesario, limitado a 1,4 hectáreas, admitiendo que la población permaneciera estable».

El planeta no puede soportar indefinidamente el consumo de recursos al que está sometido. El socialismo tiene que responder a éste y a otros muchos retos a los que nos enfrentamos, pero la respuesta tiene que estar al servicio de la inmensa mayoría de los seres humanos y no de una pequeña y codiciosa minoría. Frente al crecimiento desaforado capitalista la única alternativa posible es el decrecimiento económico, una nueva forma de desarrollo que sustituya la cantidad (el consumismo que agota los recursos naturales) por la calidad (una economía al servicio de la sociedad y no al revés). Esto no significa que defendamos la socialización de la miseria, sino que comprendemos que la forma de vida en los países imperialistas tiene que sufrir una drástica modificación hacia formas de vida más auténticas y acordes con el ser humano. El decrecimiento en los países imperialistas tiene que complementarse con un desarrollo de las fuerzas productivas, respetuoso con el medio ambiente, al servicio de la mayoría en los antiguos países coloniales. Defender el decrecimiento es en realidad plantear otro tipo de desarrollo, mejorar la belleza y la habitabilidad de nuestras ciudades, recuperar los paisajes, la pureza del agua y la belleza de nuestros ríos y mares, volver a respirar aire sin contaminar, recuperar el sabor de nuestros alimentos, acabar con el ruido de nuestras poblaciones, incrementar los espacios verdes, preservar y recuperar la fauna y la flora. En pocas palabras, recuperar una auténtica calidad de vida para el ser humano.

El capitalismo es el mundo de lo efímero, del usar y tirar, de la moda, donde se fabrican millones de artefactos de duración limitada (después se convierten en residuos que en la mayoría de los casos no se reciclan) y que tarde o temprano tienen que ser reemplazados. El socialismo tendrá que responder a este demencial derroche, fabricando otros de larga duración (a los que, en cualquier caso, se les puedan añadir las mejoras que aparezcan posteriormente).

SOCIALISMO NO ES…

La idea del decrecimiento en el seno del capitalismo es una utopía reaccionaria que plantea que es posible domesticar a la fiera. El decrecimiento capitalista, es decir la destrucción de fuerzas productivas, nos llevaría a la recesión y el colapso. Este fenómeno no sería ninguna novedad. El capitalismo a lo largo de su historia ya ha sufrido brutales recesiones. En los años veinte del siglo pasado sufrió una crisis sin precedentes, como consecuencia del estancamiento de las fuerzas productivas. Millones de trabajadores fueron expulsados del mercado laboral y la calidad de vida y el poder adquisitivo de los salarios se desmoronó por completo en Europa y USA.

En la actualidad, para satisfacer las necesidades de reproducción infinita del capital ya no es suficiente con un crecimiento que agote los recursos del planeta. Desde hace décadas el crecimiento del PIB de los países imperialistas tiende de nuevo al estancamiento. Para escapar a la parálisis, la burguesía internacional se ha transformado en vendedora de humo. La actual fase se caracteriza por una especie de capitalismo de casino, donde la mayor parte de las inversiones son de carácter especulativo. Diariamente las plazas financieras invierten unos 1.300 millones de dólares, es decir, 30 veces más que el PIB de todos los países industriales juntos. Esto quiere decir que el 95% de dicha suma sólo es capital ficticio que puede desaparecer en cualquier momento, víctima de un derrumbe bursátil, como acaba de ocurrir este mes de agosto.

La idea del decrecimiento sólo es válida bajo una óptica socialista, donde la destrucción controlada y racional de fuerzas productivas dé lugar, no a millones de parados, sino a una fuerte reducción de las horas de trabajo, para ser sustituidas por tiempo libre, ocio, educación y otras formas de relación y expresión de los seres humanos. Hoy la técnica permite que la jornada de trabajo pueda reducirse a unas pocas horas. J. M. Keynes defendía que con tres horas era suficiente. Sin embargo en más de un siglo y a pesar de los avances tecnológicos, la jornada de trabajo apenas ha variado en el mundo.

La humanidad produce hoy por encima de sus necesidades (incluso cuando están sobredimensionadas por la sociedad de consumo), por lo tanto la expoliación de los recursos naturales puede reducirse sin provocar graves problemas, permitiendo la recuperación de los renovables (organismos vivos) y reduciendo al máximo los no regenerables (minerales) gracias al reciclaje de los residuos. Aspirar a más bienes (como exige la sociedad de consumo) va acompañada de una pérdida significativa de tiempo libre (horas extras, estrés…) y de relaciones (soledad, pérdida de vínculos sociales…).

«Una sociedad ecológicamente sostenible sólo será estable si se dota de una moralidad dominante de frugalidad y suficiencia, si estos valores y las prioridades que implican se aceptan como los mejores».

Frecuentemente la izquierda revolucionaria o alternativa (no hablemos de la llamada «izquierda» capitalista que abraza sin complejos la filosofía del capitalismo salvaje) arrastra posiciones que no tienen nada que ver con la realidad. Muchos todavía creen que socialismo es más de todo para todos. Contra toda evidencia, la alternativa sería una especie de consumismo «socialista», en la que el fin del reinado de la necesidad habría dado paso a una nueva sociedad de la abundancia sin límites. Mientras los embaucadores «neoliberales» defienden que el crecimiento es el remedio de todos los males, éstos defienden que lo que hace falta es otra clase de «crecimiento». En el fondo no es más que el viejo pensamiento mágico del capitalismo, con nuevos ropajes.

La planificación socialista de la economía ha de tener en cuenta los ciclos de renovabilidad de los seres vivos, y con que recursos contamos en este planeta finito. El capitalismo aplica la máxima de «pan para hoy y hambre para mañana» porque está preso de sus propias contradicciones, generadas por la necesidad de crecimiento ilimitado de la plusvalía. El capitalismo es capaz de destruir la selva amazónica, porque necesita más y más beneficios. Una vez haya acabado con dicho recurso ya buscará otros para depredar. Invertir para regenerar los bosques es demasiado costoso para los empresarios e inversores. Después… dios proveerá.

Nos enfrentamos a un problema que se escapa a todo tipo de control. A principios del siglo XXI, rebasamos los 6.000 millones de seres humanos, en 2050 habremos llegado a los 8.000 millones. Un planeta con capacidad finita como el nuestro no puede mantener esta población sin quedar devastado, y menos todavía si el modelo de vida a imitar es la sociedad de consumo. Los resultados ya hemos empezado a verlos, el proceso de destrucción del medio ambiente, se acentúa con la explosión demográfica. El capitalismo no puede ni quiere planificar un decrecimiento demográfico, simplemente la población que no interesa para la explotación y el consumo, es expulsada del mercado y condenada a vivir en la miseria más absoluta, o a morir víctima de las hambrunas y enfermedades. Y si acaba convirtiéndose en una molestia, para eso están las guerras de exterminio, gracias a la sofisticada tecnología armamentística con la que cuenta. Sólo una planificación socialista puede llevar a cabo un decrecimiento de la población mundial, que no comporte violencia y exterminio. En muchas sociedades coloniales o semicoloniales, el número de hijos de una familia equivale a la seguridad social y al sistema de pensiones de los países imperialistas. Una sociedad que proteja a sus miembros y les asegure una vida digna y segura es el mejor mecanismo de control demográfico con que podemos contar. El mejor ejemplo es la evolución que ha tenido en Europa, USA y Japón, donde desde hace más de medio siglo el crecimiento de la población se ha ido acercando al cero, o incluso ha iniciado un proceso de declive.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

La ciencia y la técnica son las herramientas más preciadas de la humanidad, nosotros las hicimos a ellas y ellas nos hicieron a nosotros. Pero no son un fetiche mágico que nos salvará de nuestros excesos. El socialismo permite la gestión científica (una ciencia y una técnica al servicio de la mayoría y libre de la presión capitalista) y democrática (controlada y protagonizada por los trabajadores y las clases populares).

«No es posible construir una sociedad ecológica sin poner radicalmente en cuestión las estructuras de poder y de propiedad. Ni es posible sin introducir radicales medidas de limitación en el consumo de energía y de materiales».

Marx y Engels defendieron que los oprimidos no tenían que apoderarse de la máquina del Estado, sino demolerlo para sustituirlo por sus propios organismos democráticos. El Estado y las instituciones capitalistas, incluso en la llamada la democracia representativa, están al servicio de las clases poderosas. Los «representantes» ponen su «representatividad» al servicio del mejor postor. En la democracia representativa sólo tenemos el derecho a elegir al que será el dictador durante los próximos años. Una vez elegidos tienen a su disposición la información y el poder, «legitimado» por los votos, que les permite decidir lo que se va a hacer en los próximos años. El socialismo no se implantará sin resistencia, ni la nueva forma de vida se impondrá sin obstáculos por parte de los poderosos y de los que prefieren seguir viviendo de la forma actual. Los cambios tendrán que ser impuestos o nunca se podrán llevar a cabo. Pero la imposición no vendrá de fuera de la sociedad, sino mediante mecanismos (consejos de trabajadores y consumidores) en los que participará la inmensa mayoría de la sociedad.

«La revolución, sin embargo, es primordialmente el despertar de la personalidad humana en el seno de las masas, en esas masas que supuestamente no poseían ninguna personalidad. Pese a la crueldad ocasional y a la sanguinaria inexorabilidad de sus métodos, la revolución se caracteriza, inicialmente y, por sobre todo, por un creciente respeto a la dignidad del individuo y por un interés cada vez mayor por los débiles».

Acabar con el capitalismo implica también abandonar la alienante división del trabajo actual, las viejas formas en las que una minoría controla y dirige la producción, frente a una mayoría precaria y reemplazable. El socialismo tiene que acabar con todas las lacras del pasado que propician la aparición de las clases sociales. Acabar no sólo con la división entre opresores y oprimidos, sino también con la de gestores y gestionados. El control de la ciencia y la técnica por unos pocos, es el caldo de cultivo para futuras divisiones que a la larga pueden transformarse en clases sociales, y por consiguiente en el resurgimiento de nuevas fórmulas de explotación del hombre por el hombre.

Esto abre viejos debates que nunca terminaron de resolverse: el socialismo ¿conlleva una planificación centralizada, o por el contrario exige una dispersión del control de la economía?, ¿centralización o autogestión? La discusión en realidad está viciada por los errores y degeneraciones del pasado. Muchos consideran la centralización política y económica que llevaron a cabo los bolcheviques como la madre de todos los males. Por supuesto, los revolucionarios rusos eran humanos, cometieron muchos errores e ingenuidades, como no podía ser de otro modo, ya que era la primera experiencia triunfante que se llevaba a cabo, pero es que además, tenemos que tener en cuenta que no desarrollaban sus esfuerzos en el terreno ideal que ellos hubieran querido, sino en el mundo real, en un país atrasado y destrozado por dos guerras, donde la inmensa mayoría de la población eran campesinos analfabetos, donde apenas habían técnicos e intelectuales que pudieran desarrollar las tareas de dirección, gestión y administración, pero con el agravante de que la inmensa mayoría de ellos se incorporaron al proceso por oportunismo, o porque no tenían más remedio. En estas circunstancias no puede sorprender a nadie las aparentes contradicciones de los revolucionarios: el fordismo en los procesos de producción, la centralización extrema de la política y la economía y el rápido deterioro de la democracia de los soviets, la aparición de una casta de gestores y administradores, es decir, de burócratas que acabaron acaparando el nuevo poder. Lenin nunca dijo que el primer estado obrero de la historia fuera socialista, él hablaba de capitalismo sin burguesía. La primera condición que la Rusia revolucionaria tenía que superar, si quería sobrevivir, era la miseria. El desarrollismo, es decir, bolchevismo más electricidad, era una política a la que los bolcheviques estaban obligados a recurrir.

Aprendiendo del pasado, lo primero que tenemos que tener en cuenta es que socialismo implica democratización del conocimiento. La ciencia y la técnica al alcance de todos. El socialismo exige una condición básica, una cultura al servicio de todos. En una situación en la que hay una minoría que tiene el conocimiento, y una mayoría que está excluida del mismo, tarde o temprano las diferencias de castas y luego de clases sociales no tardan en resurgir. Hay que terminar de una vez por todas con la especialización del trabajo y del pensamiento que promueve el capitalismo, liquidar el corporativismo en los centros de producción, crear estructuras que permitan que todos los trabajadores de una fábrica puedan ocupar cualquier puesto. La planificación democrática en los centros de trabajo exige que todos estén en las mismas condiciones para opinar sobre todo. Algunos dirán, esto es la autogestión. Por supuesto que sí, lo que ocurre es que la planificación socialista exige también un cierto grado de centralización de la economía, sino fuera así, no podríamos hablar de planificación, y menos «socialista».

Veamos un ejemplo que nos puede ayudar a comprenderlo: las colectivizaciones en la Catalunya revolucionaria de 1936. La autogestión espontánea que se produjo, a raíz del vacío de poder que se dio en los primeros meses de la guerra y la revolución española, llevó a una especie de capitalismo popular en la que los salarios entre unas fábricas colectivizadas y otras, habían empezado a diferenciarse. Esto llevó a los revolucionarios anarcosindicalistas a tener que tomar cartas sobre el asunto y empezar a buscar formas de planificación que evitarán recaer en los vicios de la vieja sociedad capitalista.

La autogestión y la planificación están condenadas a entenderse. La construcción de una carretera, el fomento de energías no renovables, o la lucha por combinar la preservación del medio ambiente con una producción que satisfaga las necesidades básicas de la población, exige un grado de planificación centralizada. En cualquier caso tendremos que buscar los mecanismos para que esto no suponga el monopolio del conocimiento en manos de unos pocos planificadores, porque entonces estaríamos en las mismas.

SEMBRAR SEMILLAS DE FUTURO.

Los cínicos y los que niegan la realidad insisten en que nuestra sociedad no está dispuesta a abandonar sus viejos hábitos y que si la ciencia y la técnica (el pensamiento mágico) no encuentran la solución, estamos condenados a la catástrofe. Pero las cosas no son así. El capitalismo mafioso y senil genera cada vez más insatisfacción y malestar. Cuando el desempleo no crece en las sociedades imperialistas, crece la precariedad. El poder adquisitivo de los salarios se reduce, y los empresarios se aprovechan descaradamente de la desesperación de los miles y miles de inmigrantes que llegan para encontrar trabajo, para hacerlos competir con los trabajadores autóctonos. En Alemania, con más de 38 millones de trabajadores activos, existen 5 millones que cobran salarios de 400 euros mensuales. El malestar es desviado hacia el racismo y la xenofobia que dividen a los trabajadores y son inofensivos para los culpables. El estado del bienestar hace años que ha entrado en una recesión que tiende a reducirlo a su mínima expresión. Millones de jóvenes y no tan jóvenes tienen cada vez más problemas para mantenerse en la noria capitalista.

La cuestión es hasta cuando el capitalismo podrá seguir controlando la conciencia de la juventud y los trabajadores en los países imperialistas. Hay síntomas de su capacidad es limitada y que ha empezado a reducirse, pero no parece que su fin esté próximo. Esto más que una desgracia, puede ser una ventaja, porque nos da un tiempo precioso para sembrar la semilla que tarde o temprano fructificará. Hay que repensar la idea del socialismo, enriquecerla y profundizarla, para que poco a poco impregne en la conciencia de los trabajadores y de los movimientos alternativos.

«Sólo puede moverse a los seres humanos a cambiar sus acciones si tienen esperanza. Y sólo pueden tener esperanza si tienen visión; y sólo pueden tener visión si se les muestran alternativas».


Articulo escrito por Enric Mompó en Rebelión: https://rebelion.org/globalizacion-capitalista-el-camino-hacia-la-barbarie/

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