Indignación e insubordinación (no es lo mismo ni es igual), Capítulo 2

El caso de los sectores populares es diferente. La corrupción de los de arriba -tanto en el sector público como en el privado- se trata como parte del orden natural de las cosas, conforme a la época.

Asumen que imitar puede ser más rentable que condenar. Algunos celebran el éxito ajeno, si pueden acercarse a éste y beneficiarse. Pasarse de listos no es un problema ético, sino operacional.

La pobreza genera la inmediatez; los problemas deben ser resueltos a la velocidad que se presentan y no hay tiempo qué esperar ni rituales que seguir ni tabúes que respetar. La prisa, el desenfado y la ausencia de consecuencias ante la inconducta, alientan el desorden , pero pronto los contrastes predominan y se imponen.

No importa a qué velocidad ni con cuánta vehemencia y dedicación los pobres traten de consumir, siempre se quedan rezagados y eso los enoja, los disgusta. Es como lo describe Galeano: “la publicidad les hace la boca agua, pero la policía los echa de la mesa; el sistema niega lo que promete”.

No satisfacer las expectativas de consumo y bienestar creadas por la publicidad los hace sentir desgraciados y -ante esa condición- la resignación es inaceptable. No es en verdad una opción, por lo tanto, ser más listos que los demás. Ingresar -marginalmente o de lleno- en la ilegalidad no es un dilema moral, sino un drama personal: miedo a la cárcel o la muerte versus oportunidades y posibilidades.

No hay dilema moral, porque los pobres siempre viven en los umbrales de la ilegalidad: la ven, sienten y perciben de cerca, todo el tiempo. Siempre conocen, tratan o tienen de vecino y/o familia a alguien que ha sido o es delincuente. Su conocimiento de las leyes es precario o nulo, así como su entendimiento de la economía. Saben quién tiene poder y generalmente lo resienten; conocen también y están familiarizados con algunos de los atributos del poder, en particular con la legitimidad o la ausencia de ésta, de quien o quienes lo ejercen.

Cuando el terreno ocupado por las responsabilidades y obligaciones de los pobres -para con las estructuras de poder- empezó a ser ocupado por los derechos que una parte del mismo sistema político proclamaba, surgió primero la duda y posteriormente la noción de su aprovechamiento. Fueron las ideas del auge democrático de los años 60’ las que, promoviendo sin cesar y en aras de sus propios fines las ideas sobre los derechos de los pobres, crearon ese espacio cada vez más amplio donde los derechos, más que ser compartidos con las responsabilidades y obligaciones, terminaron sustituyéndolas. De manera pues que la consciencia de mayores y mejores derechos para los pobres, aunque proclamados, ha permanecido consistentemente insatisfecha; mientras se ha debilitado la capacidad y la voluntad de la estructura de poder, para imponer un orden, debido -en parte- a que la incesante promoción del consumo y bienestar terminó convertida no en una opción, sino también en un derecho.

Por lo tanto, para los pobres, todo distanciamiento o ausencia de consumo y bienestar produce una respuesta de insubordinación respecto a los componentes inmediatos del orden. Pero la insubordinación es -a su vez- distinta a la rebelión que comporta otro tipo de riesgos y peligros.Insubordinarse es desobedecer, irrespetar, negarle cumplimiento y sumisión al orden, desconocer la autoridad, pero sin amenazar su existencia, lo que sería una propuesta subversiva y revolucionaria.

No es posible ignorar el papel que -en esta insubordinación- desempeña la cultura del narco, como tampoco sería razonable desconocer el impacto que sobre el conjunto del cuerpo social ha tenido, de manera muy especial en la conformación y el comportamiento de los actores políticos cuyos códigos resultaron subvertidos.

El narco se ha erigido en un modelo de consumo y bienestar que concita adhesiones por doquier y escala -cada vez más- al interior de las estructuras formales del poder político. Este es el ámbito donde se dan cita esa cultura; los protagonistas del narco, con los actores políticos tradicionales y los recién llegados.

Al final -y a la vista de todo el mundo- se hermanan y confunden.

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