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José Ardillo: Lewis Mumford y el mito de la Máquina.

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José Ardillo: Lewis Mumford y el mito de la Máquina.

La obra de Lewis Mumford es poco o mal conocida por estos lares. Algunos de sus libros más importantes fueron traducidos al castellano en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, pero hoy esas traducciones son casi inencontrables. Que sepamos, sólo Técnica y Civilización (1934) está hoy presente en catálogo dentro de España. Por todo ello, es una buena noticia que la editorial Pepitas de Calabaza haya asumido la casi titánica tarea de traducir y editar la obra magna de Mumford compuesta de dos volúmenes, El mito de la Máquina (1967 y 1970).

Dentro de la cultura occidental contemporánea, la obra de Mumford permanece todavía como un cuerpo de ideas de enorme valor para todo aquel que desee reflexionar en profundidad sobre el pasado y el porvenir de nuestra especie. Huyendo de las especializaciones al uso, Mumford construyó una obra de síntesis desde diferentes campos de estudio: urbanismo, literatura, historia, antropología, arte, política… Si sus libros se siguen leyendo todavía es porque Mumford se incluye en esa tradición crítica, entre erudita y moralista, que plantea una objeción constante al progresismo ciego heredado desde el nacimiento de la ciencia moderna. Al lado de los románticos, de autores como Thoreau, Morris, Kropotkin o Aldous Huxley, los libros de Mumford siguen actuando como acicate intelectual contra la religión tecnocrática, hoy más predominante que nunca.

A parte de ser un gran estudioso de las ciudades y de la arquitectura, Mumford se distinguió por ser uno de los primeros en analizar la tecnología como fenómeno global desde un punto de vista histórico. Es por eso que hoy su obra conserva toda su relevancia.

Desde que editara en los años treinta Técnica y Civilización, sus puntos de vista sobre la relación entre tecnología y sociedad evolucionaron. En esta obra, Mumford presentó su célebre división de épocas técnicas: período eotécnico, paleotécnico y neotécnico. El período eotécnico habría comenzado, para Mumford, alrededor del año 1000, prolongándose hasta los inicios de la Revolución Industrial. En esta dilatada franja histórica se desarrollaron muchas de las técnicas y utensilios que servirían de base a la industria moderna. También coincidió con el nacimiento de la ciencia como la entendemos hoy. Las formas de energía predominantes en este período serían el viento y el agua. El material principal, la madera. A esta fase seguiría la fase paleotécnica, al arrancar en el siglo XVIII la Revolución Industrial. Esta época estaría marcada por la explotación de la energía de vapor, por el sistema fabril y por la utilización masiva del carbón y de las nuevas formas de trabajar el hierro. Finalmente, la fase neotécnica se iniciaría en el siglo XX, con el desarrollo de nuevas formas de energía como la electricidad, maquinaria más sofisticada y nuevas aleaciones y materiales.

Aunque Mumford aconsejaría después utilizar esta caracterización de una manera flexible, sin atender una secuenciación lineal perfecta, dichos períodos sirven para acercarse a la visión que el autor tenía entonces de los límites y de las posibilidades de la tecnología. En conjunto, el libro presentaba un enfoque optimista que pretendía integrar los avances de la ciencia y la tecnología en un nuevo hábitat humano más equilibrado y armonioso. Una vez pasados, aparentemente, los efectos más inhumanos del industrialismo, se trataba para Mumford, de crear una sociedad descentralizada, regional, descongestionada, sirviéndose del flujo eléctrico como base energética, en un proyecto que se inspiraba tanto del biólogo Geddes, de Ebenezer Howard, el “padre” de la ciudad jardín, como de la utopía kropotkiniana.

Años después, Mumford volvería sobre esta obra, revisando, entre otras cosas, las expectativas optimistas puestas en los desarrollos tecnológicos. No obstante, en el prólogo a la redición de esta obra en 1963 escribía con orgullo:

Aunque los críticos contemporáneos caracterizaron apropiadamente Técnica y Civilización como una obra esperanzadora, me felicito ahora a mí mismo más bien por el hecho de que, incluso entonces antes de que las salvajes desmoralizaciones y proyecciones irracionales que han acompañado la captación de la energía nuclear amenazaran al mundo, llamé la atención acerca de las posibilidades regresivas de muchos de nuestros más esperanzadores adelantos técnicos: preví el lazo ominoso, como digo más adelante, entre el “autómata” y el “ello””.

Es obvio que los avances catastróficos de la sociedad industrial en todos los aspectos de la experiencia colectiva durante los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo volvieron a Mumford más precavido y sombrío con respecto a las promesas de la tecnología. En esos años, pudo ver como las ciudades se hacían más monstruosas, agresivas y sucias. La Segunda guerra mundial trajo el horror de los campos de exterminio y la bomba atómica. La sociedad capitalista perfeccionó sus instrumentos de dominación de masas y produjo una cultura dominada por el cinismo y la alienación. El trayecto espiritual que va de Técnica y Civilización al Mito de la Máquina marcará el derrumbe para Mumford de sus expectativas para crear ciudades armónicas y una cultura humana compatible con las necesidades de la naturaleza.

Para decirlo de alguna manera, El mito de la Máquina significa la maduración de ideas que Mumford venía gestando en su interior desde, al menos, los inicios de los años cincuenta. En una serie de conferencias que después se editarían con el título Arte y Técnica (1952), libro del que existe traducción al castellano, Mumford insistía sobre una idea que le era querida y que luego sería central en El mito de la Máquina: los hombres son, ante todo, creadores de símbolos e imágenes. Antes que la herramienta, la humanidad creó el ámbito de lo simbólico. En la danza, en el ritual, en la representación estética están los orígenes del utensilio. La sombra de Orfeo, con su arpa, crece ante la figura del Prometeo que enseñó el secreto del fuego a los hombres.

En la revisión crítica que Mumford hizo de Técnica y Civilización en 1959 y que se publicó en la revista Daedalus (Journal of the American Academy of Arts andSciences), insistió sobre esta idea que, de mil maneras, estaba ya implícita enTécnica y Civilización:

“Aparte de poner en común viejos hechos en una relación nueva, el principal valor de estos primeros capítulos [de Técnica y Civilización] fue el cambio en el punto de vista global, que consideraba la técnica como una parte integral de la civilización avanzada. Esto era bastante diferente de las consideraciones anteriores que hacían depender el desarrollo del hombre casi exclusivamente de su ser como animal que usa herramientas –y que aceptaban que le hubiera sido posible trascender las limitaciones de su entorno inmediato sin su más grande invención, el lenguaje y el simbolismo formal.”

En este artículo de 1959, también se apuntaba otra de las ideas centrales de El mito de la Máquina: la visión de la Megamáquina formada en el seno de los viejos imperios. ¿Por qué los arqueólogos no habían podido rescatar los vestigios de esta fabulosa máquina? Nos dice Mumford:

Lo que la hizo tanto tiempo invisible fue que sus partes constituyentes, que formaban el ejército de mano de obra o la falange sumeria, estaban compuestas de materia humana perecedera.”

En efecto, las gigantescas Máquinas de guerra y trabajo organizadas en Egipto y Mesopotamia estaban formadas por piezas humanas sustituibles. Las máquinas de trabajo, militar y burocrática se solapaban para dar lugar a la Megamáquina, estructura colosal dirigida por las élites despóticas que guardaban celosamente el conocimiento para utilizarlo como instrumento de dominación sobre pueblos enteros.

En El mito de la Máquina, sobre todo en el segundo volumen, El pentágono del Poder, Mumford libera todo su disgusto e inquietud ante las similitudes de las antiguas megamáquinas y la estructura de poder que maneja el timón en la moderna sociedad industrial. Escandalizado por la guerra de Vietnam y por la escalada atómica durante la “guerra fría”, Mumford denuncia el ignominioso poder que las castas científicas y militares han adquirido dentro de las naciones opulentas. Tentados por un oscuro e irracional deseo de asumir un mandato religioso, la comunidad científica se refugia en el secretismo más absoluto y mueve los hilos del gobierno del mundo.

Es tal vez este segundo volumen de El mito de la Máquina que podemos considerar como el libro más crítico y sombrío de Mumford. Incluso si en sus páginas finales deja entender que existe aún una salida para la sociedad industrial, a condición de que los individuos se liberen de la fe ciega en la ciencia y la tecnología. Mumford pide una conversión espiritual. Frente a la Megamáquina busca el camino ascético para resistir a los poderes. Igual que Hesiodo, Lao-Tzu o Thoreau, Mumford es uno de los sabios que se apartan, que aconsejan el retiro y la resistencia ante las escandalosas ambiciones de las élites en el poder.

En cierto modo, su libro es un llamado a la desobediencia, como escribe Donald L. Miller en su biografía sobre Mumford:

“(…) Mumford vuelve al retiro y a la conversión –los métodos siempre apreciados por sacerdotes y profetas. Históricamente, los movimientos revolucionarios que han tenido mayor éxito, argumenta, fueron aquellos iniciados por individuos y pequeños grupos que horadaban los márgenes del sistema de poder “rompiendo las rutinas y desafiando las regulaciones” Dicha estrategia de ataque no busca apoderarse del centro de poder sino alejarse de él y paralizarlo. En ese sentido Thoreau, no Marx, es el revolucionario más peligroso, pues Thoreau reconoció que la desobediencia es el primer paso hacia la autonomía.”

En El mito de la Máquina la élite científica es denunciada, en primer lugar, por haber reducido el ser humano y la realidad a objetos puramente cuantificables. En segundo lugar, por haber convertido su actividad en un campo de estudio especializado y cerrado a toda inquietud humana que no tenga una inmediata aplicación técnica. La ciencia ha reducido el mundo a fragmentos incomunicados, y después los mismos científicos se han encerrado en una actividad fragmentaria, separada del mundo. Han perdido toda responsabilidad sobre su trabajo y así no es raro que hayan contribuido a diseñar el sistema tecnológico que ahoga el planeta y la humanidad. Como leemos en su biografía: “ seguramente, Mumford señala en otro lugar, existe un Eichmann en cada base de misiles, preparado para obedecer órdenes, tan aterradoras como puedan llegar a ser.”

El mito de la Máquina deviene entonces el gran alegato contra el “complejo de poder” tecnocientífico y militar que pesa sobre el mundo. Y prevé la ascensión de la centralización informatizada del conocimiento como herramienta incontestable en la toma de decisiones. Para Mumford: “Dadas las tendencias actuales, no es improbable que las élites tecnocéntricas sean pronto substituidas por un gobernante supremo sin atributos o partes humanas, el último mandatario –la computadora central, el verdadero representante terrestre del dios sol” como señala Miller.

No es por ello extraño que en su momento Mumford desdeñara las proezas de la era espacial, y entrevistado por un periódico sobre la llegada de los primeros hombres a la Luna, respondiera simplemente: todo ese dinero gastado por un puñado de rocas sin interés…

Es evidente que los acontecimientos que se sucedieron durante la Segunda guerra mundial, y lo que vino después, radicalizaron los puntos de vista sobre la filosofía del progreso, la ciencia y la tecnología en la obra de Mumford. La lectura de los dos volúmenes de El mito de la Máquina, no obstante, invitan a algo más que al mero colapso en la desesperación: son también un canto esperanzador a lo que la cultura humana podría llegar a ser si se tomara en serio el combate por su libertad.


Por José Ardillo. Publicado en Revista Artefacto.

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