José Luis Taveras: La “jungla” de doña Raquel

La primera dama, Raquel Arbaje, le aporta frescura a la gestión de su esposo. Sus tuits suelen abrirle brechas a la insensible rutina burocrática. Y lo hace con graciosa espontaneidad. En su oficio de veedora voluntaria, Raquel ha tenido que pulir las impericias de no muy pocos funcionarios. ¡Uf!… sospecho lo que sufre y calla para no contrariar.

Hace unos días, y en uno de sus arrebatos tuiteros, la querida Raquel rogó para que no le llamaran “jungla” al país. La entendí, porque en la asimilación de esta realidad hemos tenido que tragar crudos enconos cuando las circunstancias nos convencen de que no hay otra palabra más gráfica. La he preferido antes que soltar un frenético “coñazo”.

En la adaptación a esa dura convivencia, muchos hemos asumido actitudes encontradas que van desde la negación, pasando por la resistencia o la evasión, hasta la aceptación forzosa. Sí, vivimos en un paraíso natural que no termina de sorprendernos, pero que nos niega el derecho a disfrutarlo.

Más de la mitad de la población vive ocupada en los avatares de la subsistencia bajo un precario techo de veinticuatro horas. El paisaje cultural es otro: pobreza, exclusión, desigualdad y negación. Esas son las premisas estructurales de nuestra construcción social, aunque quisiéramos verlas o llamarlas de otra manera.

Personalmente me he debatido entre la resistencia y la huida, sobrellevando la ansiedad de la indecisión. Es más, todavía me provoca la idea de emigrar, aun como apelación emocional del desquite y para aligerar las frustraciones que amontona este hostil sistema. Y no acepto cátedras de patriotismo. Nadie quiere ser extranjero. Tampoco es una ofuscación del pesimismo cultural que históricamente nos obsesiona. Es elección de vida o apremio de las aspiraciones que nos mueven de forma legítima. Tenemos el derecho a ser felices.

Hemos resistido por décadas una nación de tres sociedades superpuestas: una élite pequeña y poderosa, una clase media dispersa y el gran sedimento social bajo la presunta autoridad de un Estado frágil y carente de soluciones básicas de vida. La vivienda, la salud, la educación, la seguridad y la institucionalidad siguen siendo temas pendientes o reprobados. Ningún gobierno ha querido pagar el coste electoral de las grandes decisiones; esas que tocan problemas ancestrales. Prefieren alucinarnos con las obras que se ven, aunque poco o nada resuelvan. Tampoco hacen rupturas claras con los intereses fácticos preestablecidos. Al contrario, las alianzas con esos centros de poder se han fortalecido como nunca para que las cosas sigan como están mientras los gobiernos se ocupan de las apariencias.

Hoy, la concentración de riqueza y del ingreso es más fuerte. Somos una de las colectividades más desiguales del mundo occidental marcada por contrastes brutales en las condiciones de vida. Cada segmento tiene sus propias visiones, atenciones y expectativas sobre una dinámica interina y contingente de sobrevivencia; grupos e intereses desconectados que apenas comparten el territorio, la cultura y quizás el gentilicio (dominicanos). No hay una perspectiva común de nación como plan ordenado y claro de futuro.

El primer trauma emocional que reta al turista que nos visita es entender ese retrato social tan contrapuesto: cuando mira a un Lamborghini seguir a una chatarra rodante como parodia del transporte o cuando ve cómo motocicletas suicidas cruzan el semáforo en rojo ante la mirada imperturbable de todo el mundo. Es la sensación de haber llegado al país de la adrenalina para hacer todo lo que los sentidos apetezcan y sin temor a las consecuencias. De hecho, el propio Ministerio de Turismo vendió por toda una década esa fantasía como marca país en aquella sugestiva leyenda: “Aquí me siento libre”. El mensaje no era subliminal: aludía a la libertad que promete el desorden socialmente consentido. La anomia como “orden” de vida.

El punto que subyace en esta historia es que la desorganización ha sido fuente originaria y traslativa de riqueza. A los oligopolios no les interesan reglas claras de competencia; a los gobernantes no les conviene un régimen de control ni de sanción de sus actos; a los que hacen negocios con el Estado poco les da un ordenamiento robusto de contrataciones públicas; a los gobernados, acostumbrados a lo cómodo, les abruma someterse a procesos formales y prefieren pagar los atajos. No hemos cimentado, como valor social, el sentido de lo nuestro; buscamos soluciones individuales a problemas colectivos.

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Publicado originalmente en DiarioLibre.com el 07/10/2021

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