La Pandemia: Asunto de Estado, no médico.

Un virus, una bacteria y cualquier proceso infeccioso derivado constituye, naturalmente, un problema médico. Cuando la bacteria o el virus se convierten, por contagio, en epidemia, deja de ser un problema médico y se convierte en un tema de orden público, de gobernabilidad, que es exactamente lo que sucede hoy día.
Si no todos, la inmensa mayoría de personas, de todo tipo, raza, edad y condición social sabe perfectamente lo que es el Covid-19 y saben también que deben protegerse y como hacerlo. Sin embargo, muchísimos deciden ignorar las precauciones o desafiarlas y otros tantos deciden ignorarlas. Se trata pues de un problema de conducta social, de comportamiento, de respeto a la ley y al orden. Es, por tanto, un problema de orden público que requiere entender el componente epidemiológico pero que descansa en el ejercicio de la autoridad y el grado de disciplina y cohesión social; justamente lo que no tenemos.

No importa cuales medidas propongan las autoridades de salud ni adopten los del gobierno; no hay quien las aplique ni tampoco quienes la obedezcan. Una parte importante de estas medidas no llegan a ser aplicadas a veces porque contradicen conductas básicas del cuerpo social; otras porque requieren el uso de la fuerza publica y esta demanda niveles de autoridad, legitimidad y eficiencia que no tenemos. Por lo tanto cuarentenas, toques de queda, cierres, prohibiciones y aislamiento de comunidades solo pueden tener un efecto limitado. Las medidas de aislamiento no funcionan si dependen de la autoridad solamente pero cuando el miedo se vuelva tangible, cercano, inminente una parte de la ciudadanía, por su propio interés, las secunda activamente.

Pero esta época ofrece además un espectáculo sui generis.

Jóvenes de todas partes, desafían cualquier régimen de prohibiciones para participar en fiestas y bacanales saturados de drogas, alcohol, sexo y ruido como si con esto declararan su disposición de sucumbir al virus pero no renunciar al placer como lo define la época. Alegre o extravagante, erótico o ruidoso, de moda o excéntrico, el espectáculo debe continuar y esta población siente que no vale nada, ni significa nada preservar y cuidar una vida si no pueden entregarse al disfrute pleno de lo que a ellos les han vendido como placer, alegria y felicidad. Hasta que no estén aterrados no respetarán ni obedecerán. No importa lo que dispongan las autoridades sanitarias ni las de orden público.

El papel de los médicos en este caso tiene que ver con la identificación de la enfermedad y con la determinación de medidas o procedimientos clínicos apropiados para el tratamiento y la prevención de la enfermedad estipulando por ejemplo, formas de contagio, tratamientos, medicamentos etc. De ninguna manera deben ser los médicos quienes tengan a su cargo formular las políticas sanitarias del caso porque no se trata de un problema médico sino de gobernabilidad.

No creo que toques de queda, cuarentenas y demás, sirvan para gran cosa. En cambio, insistir en el distanciamiento en cualquier escenario y hacer el uso de la mascarilla obligatorio y convertirlo en ofensa sancionable en ausencia de otros mecanismos que el país no tiene capacidad para ejecutar luce la ruta mas directa y efectiva para mitigar la ola de contagio. Lo demás, en un país como este y en un momento como este solo puede hacerlo el miedo.

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