LA PANDEMIA COMO GUERRA Y TRUMP, EL ‘MÉDICO EN JEFE’: ¿La pandemia de coronavirus es demasiado importante para dejarla en mano de los científicos?, Por: Marwan Bishara

Por Marwan Bishara

(Publicado originalmente en Al Jazeera. Traducido y adaptado por Alvin Reyes)

Unas semanas después del estallido del coronavirus en Wuhan, el líder chino Xi Jinping prometió, con la típica bravuconería del partido comunista, ganar la «guerra popular» contra la nueva amenaza. Un mes después, los líderes occidentales comenzaron a referirse a la pandemia como una guerra, comenzando con el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Boris Johnson, seguidos por el estadounidense Donald Trump, que se jactaba de su nuevo gran título, «presidente de guerra», luchando contra un » enemigo invisible «.

La metáfora de la guerra se ha usado retóricamente en varias ocasiones en la historia: la guerra contra las mujeres, la guerra contra la ciencia, la guerra contra la religión y la guerra contra el grafiti, así como las guerras culturales y las guerras de ideas.

Esta articulación de la metáfora de la guerra por parte de los gobiernos, especialmente el gobierno de los Estados Unidos, ha generado una gran controversia e incluso desprecio, considerando los resultados abismales de la guerra de los Estados Unidos contra la pobreza, la guerra contra el cáncer, varias guerras comerciales, así como la devastadora guerra contra las drogas, la guerra contra el crimen y, por supuesto, la «guerra contra el terror».

Todo esto lleva a la pregunta ¿por qué molestarse? ¿Por qué enmarcar una emergencia de salud pública como una guerra?

La promesa y los peligros de la metáfora de la guerra.

A los líderes les gusta la metáfora de la guerra porque les otorga la autoridad y la legitimidad necesarias para declarar un estado de emergencia, aplicar medidas excepcionales y movilizar recursos para lograr sus objetivos.

De esa manera, la pandemia enmarcada como una guerra permite contener el contagio a través de medidas extraordinarias pero necesarias, como cierres de actividades y toques de queda, medidas drásticas que no serían aceptables en tiempos de paz.

Especialmente cuando esta metáfora se proyecta a la luz de una guerra defensiva, que por definición es una guerra legítima e ineludible para protegernos. No tenemos opción; El virus vino como un ataque sorpresa. Debemos tomar represalias; debemos luchar a toda costa.

A los líderes también les gusta esta metáfora porque la guerra aclara y simplifica. Ayuda a unir y movilizar a los ciudadanos detrás de sus gobiernos para luchar contra un enemigo malvado durante tiempos duros y difíciles.

Es más probable que los ciudadanos acepten sacrificios en tiempos de guerra.

No necesariamente comprenden los virus, las epidemias y otros desafíos complejos de salud pública, pero sí entienden la guerra y sus implicaciones, y es más probable que acepten sus terribles consecuencias, incluido los daños colaterales.

Y, aunque no estemos sobre un campo de batalla convencional, se puede argumentar que los médicos, las enfermeras y muchos otros son, de hecho, los soldados de infantería que luchan en la «primera línea»  contra la pandemia.

Pero estos profesionales médicos han dedicado toda su vida a salvar vidas, no a terminarlas, como en las guerras.

Lo que me lleva a los contraargumentos.

Tanto los críticos progresistas como los conservadores de la pandemia enmarcada como una guerra consideran que las metáforas de guerra permiten a los líderes hacer no solo lo que deben, sino también lo que quieran.

El presidente Trump, por ejemplo, está utilizando el pretexto de la guerra para levantar ciertas regulaciones, imponer nuevas restricciones a la inmigración e incluso ajustar cuentas con el Servicio Postal de los EE. UU., al que le gustaría ver privatizado. Y el primer ministro de Hungría, Víctor Orban, logró obtener nuevos poderes radicales para «combatir» el coronavirus.

«Estamos en guerra», limita las libertades y socava la responsabilidad, lo que exige el cumplimiento, la obediencia y la lealtad de los ciudadanos, algo que no es tan fácil de hacer en tiempos de paz.

La guerra exagera y alienta el miedo en un momento en que el pánico es contraproducente, y se requiere precaución y cooperación.

Usar un virus agresivo, ofensivo e implacable para comenzar una guerra socava la responsabilidad, como cuando el presidente Trump afirmó, falsamente, que nadie sabía que la pandemia podría ocurrir a tal escala.

Los críticos también argumentan que la pandemia vista como una guerra es inherentemente un concepto machista paternalista, sesgado hacia el poder en lugar de la compasión, centrándose en la «lucha» en lugar de la curación.

Las personas que mueren y que hubiesen podido salvarse se convierten en «víctimas de la guerra».

Por lo tanto, cuando Trump y sus partidarios exigen la «apertura» de ciertos estados a sus gobernantes renuentes y ordenan un «retorno a la normalidad» temprano y a reabrir la economía, simplemente ven el aumento potencial de la mortalidad como el «daño colateral» inevitable de la guerra.

Uno de esos entusiastas, un médico famoso, dijo a Fox News que la idea de reabrir las escuelas era «una oportunidad apetitosa», luego de referirse a una revista médica «argumentando que la apertura de las escuelas solo puede costarnos del 2 al 3 por ciento en términos de mortalidad total”.

Trump como el médico en jefe

Tal locura toma una forma completamente nueva en la tragicomedia nacional, cuando el comandante en jefe insiste en actuar como el «médico en jefe», presumiendo de su percepción médica y sugiriendo con fuerza y repetidamente remedios no probados para COVID-19.

La triste hilaridad quedó a la vista durante la sesión informativa de la Casa Blanca del jueves 21 de abril, cuando Trump sugirió posiblemente golpear el cuerpo con una luz «tremenda, ya sea ultravioleta o simplemente muy poderosa, o llevar la luz dentro del cuerpo, ya sea a través de la piel o alguna otra manera «y teorizó sobre la inyección de desinfectante para eliminar el virus» en un minuto”.

Los intentos poco sinceros del presidente de retroceder a algunas de sus extrañas predicciones médicas no le han impedido hacer otras nuevas.

¿Pero podría haber un plan detrás de este comportamiento errático?

La intrusión política de Trump en el ámbito médico y científico puede ser demasiado teatral y narcisista, y algo peligrosa, pero lo más inquietante es su politización subyacente de la pandemia.

Refiriéndose al COVID-19 primero como el «engaño de los demócratas» y luego como el «virus chino», y atacando la credibilidad de la Organización Mundial de la Salud, Trump está tratando de robarse un punto, en lograr de anotarlo.

Otros líderes también han politizado la pandemia, aunque de manera más implícita.

Los líderes chinos pueden no haber creado el virus, pero han contribuido a la propagación del contagio con su secreto, ocultamiento y priorización  de la política sobre la salud.

Boris Johnson del Reino Unido también está siendo acusado de politizar la respuesta a la pandemia imponiendo a su asesor político en el presumiblemente independiente Grupo Asesor Científico, SAGE, encargado de asesorar al gobierno sobre la pandemia.

La lista continúa.

En resúmen, una pandemia se considera algo demasiado importante para dejarla en mano de los científicos, así como la guerra es considerada demasiado importante para dejarla a los generales.

¿Por qué?

Bueno, porque tiene importantes efectos colaterales sociales, económicos, políticos y geopolíticos que van mucho más allá del alcance de los médicos y científicos.

¿La pandemia como la Tercera Guerra Mundial?

Los líderes saben que su futuro político está en juego y depende de cómo manejen las consecuencias económicas y sociales de la pandemia, especialmente en un año electoral, como es el caso en los Estados Unidos. (Y en República Dominicana. N. del T.)

Del mismo modo, la pandemia podría inclinar la balanza de poder a favor de un estado sobre otro. Esto es especialmente cierto para las potencias mundiales, considerando el hecho de que las ramificaciones económicas y geopolíticas de la pandemia van más allá del ámbito de la medicina y la ciencia.

Esto se manifiesta en el consenso internacional de que, a menos que se encuentre una solución rápida, la pandemia de coronavirus dará como resultado cambios económicos y geopolíticos drásticos comparables a los producidos por la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial.

Esto explica por qué las grandes potencias como China han llegado a ver la pandemia como algo que puede cambiar el equilibrio de poder en el mundo y le dan seguimiento a cómo podría terminar aun  cuando el brote ha empeorado.

También es el caso de los Estados Unidos, la superpotencia más importante del mundo.

Los detractores de Trump ven un futuro similar al que siguió a la Primera Guerra Mundial, donde la pobre respuesta de su administración a la pandemia acelera el declive económico y geopolítico de los EE. UU. Y el colapso de la cooperación global, lo que lleva a la discordia de las grandes potencias y a los trastornos internacionales.

Los admiradores de la actuación de Trump, por otro lado, ven en juego un escenario posterior a la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos emergiendo fuerte y saludable, en contraste con una Europa devastada, y liderando una era de expansión sin reducción de la globalización liberal.

Este escenario también podría significar el comienzo de una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China, aunque diferente de la que surgió después de la Segunda Guerra Mundial.

Mirando más allá de la retórica de la guerra

Hablando de la Segunda Guerra Mundial, es bastante interesante que los líderes de Alemania, Japón e Italia, los tres instigadores y perdedores de esa horrible guerra, por lo que pude medir, hayan evitado referirse a la pandemia como guerra.

De hecho, el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier ha insistido en que esto no es una guerra, sino más bien una «prueba para la humanidad», en una respuesta indirecta a la declaración de Macron «estamos en guerra». Pero hay que decir que el líder francés también ha enfatizado la solidaridad, la cooperación y la humanización del capitalismo como formas de avanzar para un mundo pospandémico.

De hecho, esto no es una guerra, incluso si se siente como una. Además, los virus no se rinden. Nunca.

Solo mutan. Y no hay forma de saber cómo o cuándo terminará esta pandemia.

Sólo podemos esperar que los científicos tengan éxito pronto, pero eso no necesariamente impedirá que los políticos fracasen.

¿Recuerdas la «guerra contra el VIH»?

Desde la década de 1980, el virus ha infectado a más de 74 millones y ha matado a 32 millones de personas, en su mayoría no occidentales, principalmente después de que los científicos encontraron un tratamiento para controlar el virus a mediados de la década de 1990. Trágicamente, unas 770,000 personas murieron de SIDA solo en 2018.

Entonces, si bien estamos teniendo éxito al matarnos y destruirnos mutuamente en guerras reales, a juzgar por el registro histórico, en gran medida hemos fallado en salvarnos unos a otros en guerras metafóricas.

Entonces, ¿por qué recurrir a la guerra, una y otra vez, esperando un resultado diferente?

¿Locura? ¿Codicia y poder?

Ingenuo optimismo, ¿que las guerras funcionan a largo plazo?

¿O es que las guerras son un medio justificable hacia un fin superior?

Tal vez, se podrá ver en las próximas semanas.

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