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Lilliam Oviedo: Lo que urge enterrar

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Actualidad Lilliam Oviedo: Lo que urge enterrar

Lilliam Oviedo: Lo que urge enterrar

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Desde que fue anunciada el sábado 22 de enero, la muerte de monseñor Agripino Núñez Collado ha generado comentarios diversos.
Los creyentes que vieron como garantía de paz su bien pagado oficio de mediador, dicen que su sotana, confundida con las nubes, subirá su cuerpo santificado al cielo mientras su espíritu convertirá en bendiciones los epítetos que le colocan en diabólico coro los descreídos y los confundidos.

Quienes condenaron el buen pago recibido por sus mediaciones y el origen nada celestial de sus negocios y fueron testigos obligados de que la vida le alcanzó para bendecir (presentándola como limpia y legal) la licitación de Punta Catalina, anuncian que el infierno tiene un nuevo huésped. Los creyentes porque tienen fe en el destino de las almas y los no creyentes porque asimilan las llamas del infierno al lodo en la memoria y a las marcas de injusticia, impunidad y corrupción impresas en el predicamento y en las acciones por las cuales será recordado quien dejó de existir.

Es predecible una situación similar ante otras despedidas, inevitables como todas y en algunos casos inminentes.En verdad, no habrá cielo ni habrá infierno. No retornará el dinero gastado en tabernas ni el invertido en negocios cuyo destino es tan desconocido para las mayorías como la identidad de sus verdaderos beneficiarios.
Por eso, lo que urge enterrar es el orden social, económico y político que construye, alimenta y coloca en la cima a figuras de esa calaña. Las fabrica para servirse de ellas.

La vigencia de ese orden seguirá generando personajes similares. Con uniforme militar, con sotana o con traje de calle. Para ser aparentes mediadores o para actuar en el destape de la imposición y el miedo. Es el mismo servicio y va dirigido a preservar los privilegios de la clase dominante.
Es preciso enterrar ese sistema de privilegios, combatir sin dobleces la impunidad y denunciar sin tapujos a los beneficiarios de la corrupción.

De la comisión que presentó como limpia de acciones dolosas la construcción de Punta Catalina formaron parte figuras como el conocido empresario José Luis Corripio Estrada (Pepín), propietario de casi todos los diarios de circulación nacional y de varias emisoras. Cada 5 de abril, periodistas que se autodenominan independientes emiten elogios y lo presentan como altamente respetuoso de la libertad de prensa
Es hora de recordar que periodistas como Radhamés Gómez Pepín (fallecido en el año 2015) y otros directivos de medios, quienes dentro de la laxa ética burguesa son considerados maestros, ejercieron la censura y se han prestado a acallar voces para servir a los intereses empresariales del grupo Corripio.
Lo mismo hizo en su momento Rafael Herrera, quien fue director del Listín Diario (con capital de los Pellerano, pues Herrera murió en 1994) y dio gran apoyo a la labor de Núñez Collado.

El periodismo que propugna por cambios, por justicia, por igualdad y por respeto a las libertades públicas, debe, pues, renunciar al compromiso de lavar lo que ya es imposible despojar de lodo: la imagen de un sistema político incapaz de tirar a la basura la memoria de Rafael Leonidas Trujillo y de Joaquin Balaguer.
Agripino Núñez Collado terminó sus días como asesor honorífico del actual gobierno y un periodista vinculado al gobierno que le hizo tal designación tiene que ser incapaz de cuestionarlo como es debido, porque sigue el mismo camino.
No puede ser independiente y honesto el ejercicio periodístico vinculado a un gobierno entreguista, privatizador, abusador, machista y en esencia podrido.

Esa presunción debe ser enterrada con monseñor Núñez Collado y antes que a ella, hay que sepultar la práctica misma.
Es urgente el nacimiento de un compromiso distinto, que vincule al periodismo con la honestidad, con lo auténticamente limpio. Es imperdonable el intento de disfrazar lo sucio… El obituario de Agripino debe servir de lección.

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