Los estragos de la intolerancia.

Nací pobre a mediados de los años 40 pero de familia educada. Abracé temprano la militancia izquierdista y durante mucho tiempo creí que los pobres siempre tenían la razón pero que un sistema de injusticias les negaba. La adolescencia trabaja en blanco y negro, ajena a los grises, no conoce ni acepta los matices. He dedicado décadas a perseguir la justicia, tratando de entenderla. Ahora que la intolerancia hace estragos me he animado a compartir algunas que otra disquisición sobre el tema a la luz de acontecimientos que nos rodean y casi podría decir, que nos acosan.

En cuestión de algunas décadas lo que se reclamaba como derecho durante los años de 1960 y era justamente valorado como una conquista, a la vuelta de 20 y tantos años se convirtió en otra cosa. Los descendientes de las generaciones que conquistaron, en EEUU los derechos civiles y entre nosotros los derechos humanos, nunca pagaron nada para conseguirlos. Pero ese no es el problema, ni su culpa.

Con la adquisición legítima de esos derechos una cultura se instaló en la escuela y escaló hasta llegar a las cortes, hizo jurisprudencia y devino en conducta transformando aquellas conquistas en derechos adquiridos sin contrapartida de obligaciones. La importancia de esos derechos ya heredados fue creciendo a expensas de las obligaciones hasta convertirse en una sociedad donde todos y cualquiera reclama sus derechos pero apenas aparece quien quiera cumplir sus obligaciones ni tampoco quien esté dispuesto a hacer que la cumplan otros. Ahí reside un problema medular de nuestro tiempo.

Los neoconservadores, con diferentes colores, símbolos y denominaciones partidarias procuran recoger cordel, retraer el mundo a los años anteriores a los 60 y lo hacen sin ocultar la finalidad última. No tratan de, subrepticiamente, al amparo de subterfugios y estratagemas legales de negar derechos y conquistas alcanzados con frecuencia a sangre y fuego sino de abiertamente desmentir la necesidad, conveniencia o justicia de dichas conquistas. Tratan de sincerizar la cultura y la vida social no para negar una injusticia sino para justificar su inevitabilidad.

Los negros, las minorías, los asiáticos y tantos otros en cualquier país desarrollado o en vías de desarrollo no son discriminados de casualidad sino conscientemente y no se merecen otra cosa. Ningún argumento legitima tan clara y convincentemente esa postura como las inconductas que caracterizan a buena parte de esas mismas minorías. La queja de los blancos (en general) sobre la conducta de las minorías, es tan veraz y legítima como la de los negros objeto de abusos y maltratos. Ninguna de las partes reconoce sus faltas; uno sus prejuicios aberrantes, los otros sus inconductas.

Es un dialogo de sordos y los árbitros tradicionales ya forman parte del conflicto. La policía desespera de impotencia, se siente maniatada por la cantidad de ordenanzas y restricciones bajo las cuales debe operar. Adicionalmente, una vez se ha consumado un arresto la solución judicial dependerá en gran medida de la condición liberal o conservadora del juez que conozca la infracción.

Los medios de comunicación convertirán el caso, cualquier caso, en un espectáculo donde de nuevo y dependiendo de la posición liberal o conservadora del periodista y del medio se redimirá el o los componentes ideológicos de la disputa.

En ese contexto y al amparo de las tensiones creadas por esas incompatibilidades los conservadores avanzan en el proyecto de derechizar la suprema corte de los Estados Unidos y como conductas derivadas, se producen no solamente los abusos policiales documentados contra negros y minorías sino los homicidios que finalmente desataron los nuevos episodios de violencia de los últimos meses.

Los conservadores blancos se apresuran a condenar la violencia de esos negros y a justificar la actuación de la policía con lo cual encienden aún más la hoguera. Los negros, objetos ancestrales y recientes de discriminación, condenan y reaccionan ante la violencia ejercida contra ellos por la policía pero muy pocas veces intentan poner orden en sus propias filas, disciplinar, ordenar y reencausar la conducta de millones de negros y cientos de miles de atuendos, conductas y actitudes estrafalarias.

Nada funciona. Ni las cuotas ni las denuncias. La intolerancia ha echado raíces, La gente está insubordinada pero a la vez embrutecida. Tienen más información pero menos juicio. El hombre dejó de ser la medida de todas las cosas como proclamaba Le Corbousier. Existen los sistemas. La Máquina gobierna y es binaria, sin matices ni atenuantes. En todas partes los procesos en marcha cohesionan defectos, desprecian virtudes. Es el reinado de la intolerancia, de la disolución, nos acercamos a los umbrales de una nueva época. La gente lo presiente pero sin entenderlo.

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