Nuestra posición es insostenible.

Los que nos creemos educados, civilizados, respetuosos, llevamos las de perder en cada enfrentamiento con otras personas que, a diferencia de nosotros, no respetan ley, ordenanza, reglamento o simplemente modales. Dos imágenes recientes vienen a la mente.

En una película barata, alcancé a ver la siguiente escena: Rambo cede su asiento en el autobús a una señora. Antes de que ella lo ocupe, un vándalo urbano, vestido como tal y con la expresión adquirida que los identifica se apropia del asiento. Rambo le pide que lo desaloje a lo que el otro naturalmente rehúsa con un insulto. El tipo y otro que le acompañaba terminan molidos a golpes y uno de ellos sale expulsado del vehículo por la ventana.

En otro caso típico, una intersección es el escenario donde un señor evidentemente educado se ve obligado a abdicar sus derechos para evitar una trifulca violenta con otro chofer cuyo aspecto y conducta delatan su condición. Aquí, en este caso de la vida real y cotidiano, no estaba Rambo.

El enfrentamiento entre civilización y barbarie tiene lugar todos los días y acontece millones de veces en todas partes. El vándalo se impone con violencia como si supiera de antemano que el tipo civilizado, educado, que tiene cosas que perder y una agenda de vida que cumplir no está motivado a desconocer o renunciar a todo eso por una disputa que, además, puede terminar muy mal. Generalmente, ninguno de nosotros quiere un pleito y cuando alguien nos provoca preferimos pensar, acudir y refugiarnos en la ley, la autoridad y el derecho. Pero esos temas no conciernen al agresor por eso la ventaja es suya y por eso su número aumenta, su bravuconería también.

La calle, la ilegalidad, el desorden y las necesidades diarias de supervivencia van dotándolos y equipándolos; adquieren destrezas que pronto le permiten distinguir el estado de ánimo o la naturaleza corajuda o cobarde de la víctima posible y rara vez se equivocan porque de eso viven. Estos tipos, cuya facha con frecuencia los delata, exhiben además una expresión que muchos prefieren aborrecer para no tener que analizar y calibrar. Facha y expresión tomados del cine y glorificados en ritmos, conductas y publicidad que convierten la basura en iconos.

Ellos no son, ni remotamente la mayoría pero se han adueñado de los espacios, tienen la iniciativa, la autoridad se declara incompetente, nosotros preferimos despreciarlos pero no
enfrentarlos. Ellos son los precursores de los villanos en Mad Max. Es toda una cultura
que nació de la quiebra de la familia y del auge del consumo, la prosperidad, el todo
vale y la sexualización.

El vándalo urbano, esa estirpe dominante cuyo estado natural transcurre fuera de la
ley, pero tampoco demasiado lejos de ésta maneja, por intuición, la diferencia entre
insubordinación y rebelión; suele vanagloriarse de la segunda pero se asegura siempre
de permanecer en la primera. Su irrespeto, aunque parece espontáneo es consciente.
No obedece, no quiere obedecer, no se siente obligado a obedecer y justifica y legitima su proceder en la ilegalidad de otros.

En realidad, es la cuasi certeza de impunidad lo que acude en su ayuda para envalentonarlo. Mientras nosotros queremos el orden y respetamos la ley ellos la violan impunemente porque saben que ni la autoridad ni nosotros vamos a detenerlos. Esta insubordinación masiva no es anuncio de ninguna revolución, que conste, sino un paso mas en el camino de la anarquía y la barbarie que asume hasta en los EEUU y la UE la promesa apocalíptica frente a la cual reemergen los autoritarismos y el despotismo ancestral
que rechazamos.

Estamos pues, abrazando una posición imposible.

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