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Pablo Ximénez de Sandoval: Todos sabíamos lo de Facebook

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Artículos Pablo Ximénez de Sandoval: Todos sabíamos lo de Facebook

Pablo Ximénez de Sandoval: Todos sabíamos lo de Facebook

Gracias a una filtración hemos visto papeles en los que se muestra que los creadores y desarrolladores de Facebook, la mayor red social del mundo, eran perfectamente conscientes de los efectos nocivos de su producto para los usuarios. ¿Y nosotros no? Las señales estaban ahí. Lo dijeron ellos mismos, nos recuerda esta semana en un artículo el escritor Juan Gabriel Vásquez. La filtración “ha demostrado, con documentos internos, lo mismo que muchos llevábamos años diciendo sin ellos”, escribe en El nuevo escándalo no es nuevo.

Vásquez no tiene Facebook. No es que se haya desencantado, Asegura que fue una decisión consciente desde el principio, cuando solo se intuía el lado oscuro de esta comunicación instantánea y global. Después vendrían declaraciones tan elocuentes como esta, de Sean Parker, uno de los fundadores: “Se trata de daros un toque de dopamina cada cierto tiempo, porque a alguien le ha gustado una foto o ha comentado un post”, dijo Parker en 2017. “Se trata de explotar una vulnerabilidad de la psicología humana. Los inventores, los creadores, lo entendimos conscientemente. Y lo hicimos de todas formas. Esto cambia literalmente tu relación con la sociedad, con los otros… Sólo Dios sabe lo que está causando en las mentes de nuestros hijos”.

Facebook estimula el cerebro para lograr cada vez más interacción del usuario y así poder codificar su comportamiento y vendérselo a los anunciantes. Ese es su negocio. Es una poderosísima herramienta para que las empresas encuentren con enorme precisión a alguien que está pensando en comprarse un coche, o que va a tener un bebé. Pero para lograr la atención del usuario su robot interno (el algoritmo), ofrece contenido cada vez más extremo, que altera las emociones hasta el punto de convencerlo, por ejemplo, de asaltar el Capitolio. “Facebook y sus redes compinches trabajan allí, en esa curiosa dictadura de las emociones, y poco importa que su materia prima —lo que la máquina virtual manipula y mastica y escupe para provecho de unos cuantos— sea el ego de unas adolescentes frágiles o el rencor alucinado de un colectivo de fanáticos”, escribe Vásquez.

El terremoto de las filtraciones de la exempleada Frances Hauguen sobre Facebook, que incluso ha cambiado de nombre y ahora se llamará Meta, lleva más de un mes acelerando la conversación mundial sobre la regulación pendiente de las redes sociales. Aquí hay varios artículos más que han recogido esta inquietud:

– Pronto y mal, escribía Rosa Montero este domingo: “Que las redes tienen una vertiente venenosa es algo de lo que hablamos constantemente sin hacer nunca nada”.

– Meta no existe y Mark Zuckerberg no es su dueño, escribía el sábado Nuria Labari, sobre el cambio de nombre de la compañía.

– Lluís Bassets escribía El enemigo está en casa: “No hay amenaza exterior. La globalización de los últimos 30 años ha sacrificado la seguridad en favor de los beneficios”.

– EL PAÍS ha publicado un editorial reciente, Facebook sin máscara: La invención de Meta no debe ocultar la necesidad de la compañía de regular sus probados efectos tóxicos.

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