VIVIR DESPIERTOS (II): Apuntes para la construcción de una nueva Humanidad. Por: Carlos Rodríguez Almaguer

Por: Carlos Rodríguez Almaguer

En esta Nueva Era, la educación universal habrá de ser pensada como la construcción integral de un Ser Humano distinto, superior en esencia y en forma. En esencia, porque sus conocimientos deben estar equilibrados con su espiritualidad y su conciencia; y en forma, porque sus hábitos y su conducta, pública y privada, deben estar en consonancia con la esencia de la que emanan, de manera que tanto el árbol como sus frutos sean buenos para el individuo y para su entorno inmediato. La familia, la escuela y la comunidad, son el Amnios donde se construye el carácter del futuro humano adulto cuyos actos tendrán, inevitablemente, consecuencias en la familia, la comunidad y la sociedad en general.

Construir a un nuevo Ser Humano para que viva “despierto”, no significa establecer un sistema de vigilancia y compulsión que merme su libertad individual o frene su desarrollo integral. Significa sobre todo, aportarle desde las edades más tempranas herramientas y ternura suficientes para que pueda continuar ese proceso permanente de autoconstrucción, que comienza al nacer y no acaba sino con la muerte. Las diversas escuelas pedagógicas deberán colaborar, en vez de competir; ajustar sus mejores aportes a las condiciones específicas en que transcurre el proceso de construcción del nuevo individuo y, en la medida de lo prudente, irle incorporando aquellos elementos que le permitirán tener de adulto una cosmovisión holística y un espíritu ecuménico, al comprender la identidad universal del Ser Humano, su relación simbiótica con la naturaleza y con aquellas condiciones específicas en que ésta le permite vivir a plenitud. Resultaría criminal dejar de lado una verdad útil a la construcción integral del nuevo humano por cuestiones de celos y cotilleos de doctrinas o escuelas. “Todas las escuelas y ninguna escuela: he ahí la escuela”, “todos los métodos y ningún método: he ahí el método”.

Si bien es cierto que las sociedades se han expandido, y que las ciencias y las tecnologías se han desarrollado gracias a la aplicación práctica de los saberes acumulados por la humanidad en su devenir hasta nuestros días, es también cierto que el Ser Humano no ha sufrido un importante proceso evolutivo. Seguimos siendo tan influenciables como lo éramos hace dos mil años. De manera que, a pesar del adormecimiento que ha provocado en nuestra biología y en nuestra mente la velocidad a la que veníamos existiendo, seguimos siendo tan sensibles como lo fueron las grandes personalidades humanistas que nos precedieron. Hombres y mujeres que llevados de un espíritu noble y de una singular comprensión del sentido de la vida humana, nos regalaron los mejores ejemplos de belleza, voluntad, esperanza y solidaridad, por las vías más diversas en que puede expresarse la condición humana y su relación con la naturaleza y con su tiempo. El ecumenismo deberá ser el emblema principal de toda religión que un individuo elija en lo adelante como escuela de disciplina propia y espacio de pertenencia colectiva, en su búsqueda innata para acercarse al Espíritu del Universo, en las diversas formas y manifestaciones en que haya sido interpretado por cada cultura. Que salvando los mejores ejemplos y valores de cada tradición, se enfoquen en ayudar a construir a un Ser Humano más espiritual y solidario, responsable consigo mismo y con todo lo que le rodea. Consecuente con el espíritu del amor universal, y no fanatizado por el dogma. Que rehúye la hipocresía de ver al templo eclesiástico en una especie de lavadero de conciencia, adonde va a limpiarse una vez por semana de toda la suciedad que ha recogido en su alma egoísta e impía al tratar día a día a sus semejantes. La hipocresía y el dogmatismo religiosos han sido causa de innumerables desgracias para la humanidad. Es tiempo ya de que la religión sea vía hacia el espíritu insondable que está vivo y latente en cada individuo de la especie, y cuyo impulso primigenio nos lleva a experimentar el amor y a practicar la ternura hacia nosotros mismos y hacia los demás: el amor, por lo que somos capaces de sentir, y la ternura, por la delicadeza con que nos tratamos y tratamos a nuestros semejantes y a la naturaleza en su conjunto. Una parte de esa energía universal está presente en cada uno de los individuos de la naturaleza. Somos, únicamente, una singular manifestación del todo. El brazo izquierdo no debería guerrear con el derecho, puesto que ambos son indispensables para el cuerpo; ni el pie derecho debería ponerle zancadillas al izquierdo, puesto que para avanzar necesitamos que cada uno adelante a su tiempo. Pero hemos vivido hasta hoy con los brazos en guerra entre sí y con los pies tropezando con sus propias trampas. No es raro entonces nuestra situación actual, ni la manera violenta y errática en que llegamos hasta aquí.

Y si al final somos lo mismo, si tenemos dolores y alegrías iguales, como
también sueños y frustraciones semejantes; si ya vamos aceptando que cada cultura ha
legitimado en el tiempo sus singulares cánones; si hemos aprendido a la fuerza que del
bienestar de uno depende en gran medida el bienestar de todos; si un enemigo invisible
ha venido a mostrarnos, sin medias tintas, que frente a la muerte no hay diferencias,
entonces nos será más fácil organizar esa red de relaciones que sostiene el entramado de
nuestras sociedades, sin el cual resultaría más difícil organizar la vida cotidiana, y en el
que debemos tomar parte, de una manera y otra, todas las personas “despiertas” que
queremos contribuir a que el mundo sea un lugar mejor para nosotros y para las demás
especies. Esa red de relaciones que solemos llamar “política”, y que la hemos
corrompido, por acción u omisión, todos los que en ella hemos participado o le hemos
dado la espalda. A esa política la hemos degenerado hasta convertirla en politiquería.
Politiquería es la acción amañada, infame e inescrupulosa por la que un grupo de
pícaros audaces se juntan y construyen alianzas que benefician a sus propios intereses, a
costa del dolor de la mayoría que se queda indefensa y sufre innecesariamente ante el
poder represivo del Estado, secuestrado por esa camarilla insensible y espuria. Política,
en cambio, es la manera en que se establecen y practican aquellas relaciones que le
permiten a una sociedad convivir, protegerse, participar y desarrollarse en las
condiciones en que todos, o la mayoría de sus miembros, ha decidido organizarse. En

nuestros tiempos se ha hecho frecuente la crítica acerva a los gobiernos por la
corrupción de sus miembros, pero no suele hacerse tan descarnada la crítica a los
hombres y mujeres que con su voto en las urnas, con su complicidad en las mesas
electorales o su uso inmoral de la fuerza, han contribuido a colocar a esos individuos
rapaces y volubles, en posiciones de poder gobernar.
Construyamos una generación, o mejor aún, convirtámonos en esa generación,
de individuos íntegros, cultos, instruidos, ecuménicos, humanistas, espirituales, que
aprovechen los adelantos del saber humano en todas sus aristas, de la ciencia y la
técnica, del arte y la cultura; que no vuelvan a confundir los medios con el fin que es
único: vivir saludables y tranquilos, alegres y útiles; que disfruten equilibradamente del
bienestar espiritual y material que sean capaces de conquistar con el esfuerzo libre y
honrado, sin afectar la libertad ni la dignidad de los demás. Solo así tendremos mejores
familias, mejores instituciones, mejores sociedades. La Madre Naturaleza nos seguirá
sosteniendo bondadosa en su Amnios, y el mundo será para todos un mejor lugar.
Podemos hacerlo.

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